viernes, 14 de enero de 2011

Tres de Febrero

Voy a dar cauce a una verdad que he callado, a una parte de mi relato, esencial, que me guardé a favor de la supervivencia. Lo hago ahora, que es inútil. Lo cuento desde el más completo anonimato. Éramos cinco que viajábamos a ese lugar de la ciudad que sólo viene a la memoria para aterrorizar. Al olvido, viajábamos, pero no a narrar el terror que los que allí sufren, porque en el olvido vive gente. Subimos los cinco en un transporte y nos custodiaron durante el trayecto no menos de diez. Avanzaron al frente y cubrieron nuestra retaguardia como si entráramos a la guerra. Nos recibió, llaves en mano, el embajador: la camisa empapada en sudor, el peinado descuidadamente casual, la sonrisa blanca como allí no se consigue. Caminó pretendiendo conocer las huellas, saludó a la gente que él mismo había apostado en las escaleras, mostró los murales de la esperanza que eran pura ilusión, mintió, mintió hasta que nada quedó. Pero desde lo alto de una torre, tronó la verdad: Vengan a ver cómo vivimos, cantó, rompan el cerco y la fachada y no teman, invitó. La verdad vestía harapos y a la verdad le faltaban muchos dientes. Los cinco encontramos nuestras miradas y resolvimos no aceptar el convite. Pasamos. Nosotros, los que debemos ver para contar, no nos acercamos. Y en lugar de correr un velo, dejamos que se revelase una verdad acerca de nosotros.

jueves, 27 de mayo de 2010

Embarcación, por Duar

Un día voy a contarles cómo fue que, una tarde de calor, con nueve añitos de edad y trepando por las barandas de la glorieta que hay o había en la plaza de Embarcación, Salta, a donde no he vuelto desde entonces, se me ocurrió que tal vez hacerme un moretón en la frente podía ser una buena idea y me decidí a cabecear el primer vértice que encontrara, con tanta mala suerte que terminé abriéndome la frente, ligando siete puntos de sutura, asustando a padres y abuelos y, lo más importante, despertando de la siesta al Doctor Velázquez que, miren si habrá sido bueno, me perdonó a cambio de que le comprara ciertos caramelos de frutilla o cereza a los que era especialmente afecto.

viernes, 21 de mayo de 2010

Sarandí, por Germán

Semáforo rojo en la esquina. Adelante, un auto nuevo recién lavado. Atrás, un camión brasileño ansioso por usarme de alfombra. Semáforo amarillo y verde. Avanzamos.
Al cruzar la trasversal comienza un cantero de cemento que separa mano y contramano. Mediacurva a la derecha y en el cantero ensanchado, las columnas. Por arriba, el viaducto de Sarandí sostiene el paso ruidoso de un tren rápido a La Plata. Y atravesando la curva y contracurva que da derecho al acceso sudeste, un cartel amarillo contrasta el gris terroso y el marrón renegrido del paisaje.
"Ayres de campo", reza el cartel. Si me lo contaran -conociendo el lugar- pensaría que se trata de una broma. Pero no, así es. Intrigado por su oferta detengo la marcha y estaciono en la esquina. Cuando abro la puerta del auto siento que la pestilencia misma invade mi nariz y se apodera súbitamente de mi respiración. En vivo y en directo, un primer plano del arroyo que hace llegar su inmundicia aún hasta los autos que pasan por la autopista Buenos Aires-La Plata a toda velocidad. Pero la curiosidad que me despierta el cartel puede más. Me pongo y bajo.
Ayres de campo es un pequeño local de embutidos y productos regionales. Su puerta parece el pasaporte a otra dimensión. Una vez adentro, la dueña me da la bienvenida.

- "¿A cuánto están los salamines?" -pregunto.
- "Tenés esta promoción, que incluye una sopresatta" -responde.

No sabía de qué me estaba hablando. Así que confesé mi ignoracia, y su respuesta fue la mejor. Zigzagueando desde atrás del mostrador con un cuchillo, se acercó a la ristra y cortó el último embutido. Sobre la mesa le sacó el hilo, lo peló por completo y, después de hacer varias rodajas, extendió la tablita y me convidó.
"Es una variedad del sur de Italia, lleva pimienta roja", completó. Su gesto sació mi apetito y me convenció. Terminé por comprar el combo.
Me fui satisfecho y contento, masticando la sopresatta como si fuera un antídoto para salir. Creo que aún no salgo del asombro de cómo en un lugar tan apestoso pude encontrar un localcito tan agradable y bien puesto. Quizás me haya conquistado la sorpresa, o el contraste de "ayres". Al fin y al cabo, dicen que nosotros, los posmodernos, así es como más nos deleitamos.

jueves, 4 de marzo de 2010

Buenos Aires, por Duar

En el fondo de un aséptico bar de renombre multinacional, un hombre compra almas.
Otros tres se dirigen a su encuentro, obnubilados –para qué negarlo– por esta pequeña Nueva York enclavada en la gran Buenos Aires. Envuelto en vahos de exóticos cafés traídos de todas partes del mundo y las impregnantes miasmas que desprenden hombres aborrecibles, el colector de almas hace una propuesta tan obscena como imposible de rechazar.
Uno de los visitantes no puede con su asco. Se echa atrás y, aturdido, busca los ojos de alguno sus cófrades para que lo sostengan. No los halla. Lo esquivan.
Han sido cooptados y lo acusan con la mirada: ¿qué es eso de querer cambiar el mundo –parecen inquirir– justo cuando comienza a abrirnos las puertas?

lunes, 1 de marzo de 2010

Purmamarca II, por Duar.

Los Viajeros se atreven a los juegos del carnaval. Animados por la cerveza, el calor y la invitación de unos changuitos que les arrojan harina, se hacen de una espuma por unos pesos y se lanzan a la acción. En pocos segundos se desata en derredor suyo una batalla campal: no menos de seis se les vienen encima e intentan desarmarlos por las malas; les es arrojada nieve, talco, papel picado y algún que otro golpe desde todos los flancos. Aturdidos, buscan con la mirada la ayuda de algún padre celoso que colabore. Nada encuentran: todo el pueblo está entregado a la cumbia y a la cerveza, a la fiesta en la calle. Los rostros, desencajados por la chicha e igualados por la harina, se esconden detrás de máscaras, banderas y estandartes. Los Viajeros están por las suyas. Intentan negociar un armisticio mediante la entrega de su única arma, pero los beligerantes no se conforman. Deben emprender la retirada, silenciosos y cabizbajos entre empujones y risas burlonas.

En ese instante el Viajero fuerza una sonrisa y comienza a saborear algunas ideas que masticará por días.

viernes, 27 de marzo de 2009

La Quiaca, por Duar


¿Todo bien jefecito? ¿Así que anduvo por la Puna? Qué gente sacrificada esa… Vivir tan lejos de todo, con esos caminos imposibles, es difícil, ¿eh? Uno llega y se pone a mirar y dice que sí, que es todo hermoso, que podría vivir allí por siempre y que no le importaría el frío que cala los huesos ni el calor que asa la carne; pero la verdad es que al ratito nomás empieza a costar.

Ya marcha otra cerveza, jefe ¿No le gusta el morrón? Quizás le encuentre un gusto raro a la pizza, está hecha con quesillo de cabra, cabras del lugar. Y las milanesas de llama de anoche, ¿cómo estuvieron? Bueno, a esas las traen de ahicito, habrá visto la cantidad de animales que hay. Crían las llamas y las vicuñitas, ahora que se pueden comerciar; vale cualquier plata esa lana.

¿Y llegó bien? ¿No se le complicó con las lluvias? Llovió en toda la Puna y los caminos deben estar imposibles, pero claro, ustedes van en la camioneta. Seguro que creían que la Puna era sequísima y que se iban a cansar de tragar tierra. La gente no conoce… ¿y sabe por qué los que viven allá se quedan, a pesar de todas las penurias? Están haciendo patria, pues.
¿Otra porción, jefe?

sábado, 7 de marzo de 2009

Purmamarca, por Duar

Dos diablos vinieron hacia él con el paso apurado por el alcohol y la calle en bajada. Lo interpelaron jocosamente, qué pasa amigo, los mandó a volar.

Unas viejas que chayaban se acercaron para echarle harina en la cara, alegres de aloja y carnaval; las sacó carpiendo.

Unos changos que guitarreaban en un zaguán, con un pie apoyado en la silla y la guitarra descansando en la rodilla, entonados en más de un sentido, lo invitaron al convite. Desistió, rudamente.

Una chinita de mirada pícara, menos tímida que de costumbre, le dijo algo al pasar. Algo en lo que no reparó en absoluto.

Y cuando se armó la ronda en la fuente de la plaza y los más chicos salpicaron a los danzantes con agua y papel picado y las comparsas agitaron banderas y estandartes en derredor, todo fue jolgorio. Y él se arrepintió de por vida de haberlo visto desde el hermetismo y la asepsia del cascarón de sus miedos.