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jueves, 27 de mayo de 2010
Embarcación, por Duar
Un día voy a contarles cómo fue que, una tarde de calor, con nueve añitos de edad y trepando por las barandas de la glorieta que hay o había en la plaza de Embarcación, Salta, a donde no he vuelto desde entonces, se me ocurrió que tal vez hacerme un moretón en la frente podía ser una buena idea y me decidí a cabecear el primer vértice que encontrara, con tanta mala suerte que terminé abriéndome la frente, ligando siete puntos de sutura, asustando a padres y abuelos y, lo más importante, despertando de la siesta al Doctor Velázquez que, miren si habrá sido bueno, me perdonó a cambio de que le comprara ciertos caramelos de frutilla o cereza a los que era especialmente afecto.
martes, 27 de enero de 2009
Santiago del Estero, por Duar

Necesito imperiosamente ver estrellas. Es una noche clara y fresca, cantan los grillos y croan las ranas. El viento mueve las copas de dos jóvenes y muy altos álamos que planté, hace varios años ya, en el fondo de casa. Es una noche bella, sin dudas, pero no alcanzo a ver estrellas. Me llamo a ser honesto: veo algunas. Varias. Muchas. Y escucho el ladrido de los perros a la distancia. Pero las luces de la ciudad se ríen del tenue brillo del firmamento, se creen omnipotentes y lo ocultan a los ojos de los insomnes como yo; ignoran que es como pretender eclipsar al sol con un dedo.
Pero quiero el cielo de una noche estrellada en Santiago. Allá no cuesta ni un poco ver el silencioso espectáculo del cosmos. Difícil es apreciar el telón oscuro que el cielo les ofrece de fondo. Y cuando aparece la luna y recorta además un paisaje de monte –la figura espinosa de los quebrachos– pierde uno la esperanza de encontrar otra noche como esa y se entrega a la triste rutina de extrañarla para siempre.
miércoles, 23 de julio de 2008
Embarcación, por Duar.
El impenetrable comienza a hacerse notar: a ambos lados de la ruta, el frondoso bosque es solo la fachada que tapa los cañaverales. Imponentes plantaciones de azúcar, con ejemplares de una altura equivalente a tres hombres parados unos encima de otros; tan pegados entre si que hasta al aire que respiramos se le complica para pasar. Impenetrable, lo que se dice impenetrable, son las cañas y las púas y un poco las tranqueras. En realidad lo que atravesamos es la mal llamada zona de Yungas: Güemes, Ledesma, el Parque Nacional Calilegua, luego Pichanal y finalmente Embarcación: Portal del Chaco Salteño, como reza en el oxidado cartel que algún milagro mantiene en pie a un lado de la Ruta 34.
Hacía mucho que no andaba esa ruta. Me acuerdo de chico, a bordo de un Renault 12 que llegaba pidiendo permiso y perdón. Empecé a acordarme con las subidas y bajadas del camino, con el “agarrate el pupo” de mamá. Al pupo hay que agarrarlo porque sinó se te escapa. A mamá se le escapó el pueblo además del pupo; queriéndose escapar ella, terminó volviendo solo para rezar muertos y contarnos como fue: como fue que se perdió todo, como es que casi nada queda.
Hacía mucho que no andaba esa ruta. Me acuerdo de chico, a bordo de un Renault 12 que llegaba pidiendo permiso y perdón. Empecé a acordarme con las subidas y bajadas del camino, con el “agarrate el pupo” de mamá. Al pupo hay que agarrarlo porque sinó se te escapa. A mamá se le escapó el pueblo además del pupo; queriéndose escapar ella, terminó volviendo solo para rezar muertos y contarnos como fue: como fue que se perdió todo, como es que casi nada queda.
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