El tipo llegó a Casilda y se adueñó. Caminó sus calles, agotó sus vinos, saboreó sus carnes, entonó sus chamamés, injurió a sus mujeres. Despertó más odios que amores, y esa noche recurre a su conciencia como emblema de un oscuro pasado.
Aun hoy en las peñas evocan aquella en la que terminó ciego, transportado, bajo el eje delantero de un Falcon verde. Los resabios de su dolor todavía infectan la vera de la ruta, los pasillos de la Facultad de Veterinaria y la ética ciudadana. Recuerda y llora. Recuerda y muere.
Despertó en la Terminal, despojado de memoria y -por carácter transitivo- de humanidad. Atravesado por una intensa dualidad existencial, apretó con fuerza el boleto que algún bueno había metido en el bolsillo de su pantalón, tragó saliva y dispuso, una vez más, su regreso.
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lunes, 29 de septiembre de 2008
miércoles, 16 de julio de 2008
Torquinst, por Duar.
Eran unos pendejos de mierda, lindos –lindísimos-; de lo más educaditos los soretes. Él siempre limpio, peinado raya al costado, cinturón y camisa por dentro del pantalón; ella, la típica princesa: dos trencitas, vestido floreado y zapatos negros.
Cuando las vacas los vieron venir pensaron de inmediato: Qué pendejos de mierda. No les importó lo pitucos que estaban; sospecharon de la actitud pícara, de la sonrisa maligna que escondían.
Pero no tenían como escapar, siquiera defenderse: estaban apelotonadas en un camión jaula, estacionado a la sombra, en el playón de una estación de servicio, allá en Torquinst.
Y los chotitos juntaron piedritas –piedritas chiquitas, como las que cabrían en manos chiquitas-, y las arrojaron al camión jaula –a las vacas.
Las vacas hicieron una estampida. Que, encerradas en un camión jaula como estaban, significa que se apretaron medio centímetro más contra el extremo opuesto del acoplado, opuesto a donde estaban los jodiditos.
Pero una vaca, que no era más vieja pero si un poco más viva que las demás, la vio venir a la mamá y se tranquilizó. -Enhorabuena -pensó, quizás. Porque enseguida la mamá les dijo a los pendejitos que la esperen, que se iba a buscar una soga para atarlos a un árbol y cagarlos bien a pedraditas.
Y no, no tengo foto :)
Cuando las vacas los vieron venir pensaron de inmediato: Qué pendejos de mierda. No les importó lo pitucos que estaban; sospecharon de la actitud pícara, de la sonrisa maligna que escondían.
Pero no tenían como escapar, siquiera defenderse: estaban apelotonadas en un camión jaula, estacionado a la sombra, en el playón de una estación de servicio, allá en Torquinst.
Y los chotitos juntaron piedritas –piedritas chiquitas, como las que cabrían en manos chiquitas-, y las arrojaron al camión jaula –a las vacas.
Las vacas hicieron una estampida. Que, encerradas en un camión jaula como estaban, significa que se apretaron medio centímetro más contra el extremo opuesto del acoplado, opuesto a donde estaban los jodiditos.
Pero una vaca, que no era más vieja pero si un poco más viva que las demás, la vio venir a la mamá y se tranquilizó. -Enhorabuena -pensó, quizás. Porque enseguida la mamá les dijo a los pendejitos que la esperen, que se iba a buscar una soga para atarlos a un árbol y cagarlos bien a pedraditas.
Y no, no tengo foto :)
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