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domingo, 21 de septiembre de 2008

La Cumbrecita, por Juanito

Dirán que se trata de un asentamiento de inmigrantes alemanes, pero fui yo quien inventó La Cumbrecita.

Fue mi presencia la que levantó sierras de colores, arroyos transparentes y peces parlantes. Mi percepción construyó caminos fantasma, pendientes abismales y cascadas murmurantes. Mis ojos le dieron entidad a los más maravillosos arco iris que se hayan formado en cualquier rincón del mundo, y el rozar de mis dedos dotó de suavidad a pinos de cien metros de altura que esconden castillos y cuevas profundísimas, protectoras de tesoros invaluables y dragones tricéfalos.

Mis sueños dibujaron caballos gigantezcos y gente feliz.

Fue sí la naturaleza la que, celosa de mi creación, nos mandó una tormenta de granizo cuando andábamos de caminata allá por La Olla, a varios kilómetros del hotel. Mi hermanita me miraba y rogaba: -Hacé aparecer una tapera.

Mapa: Marcelo Lancellotta y Diego Vidal

domingo, 24 de agosto de 2008

Tanti, por Juanito

El inexperto andaba medio perdido, aturdido por el alcohol y los excesivos estímulos visuales y auditivos. No sabía bien cómo acercarse, mucho menos qué decir, y ni hablar si había que ir más allá.

Pero no se podía quedar quieto, ella lo miraba, y hasta un novato como él podía advertir que algo de insinuación había en esos ojos chocolate. Juntó agallas y se aproximó con pasos que pretendieron ser decididos pero cuyo temblequeo desenmascaró el pico más alto de nerviosismo que había experimentado en su existencia.

- ¿Estás sola?- balbuceó como pudo.

- No, estoy con mi novio- respondieron los ojos oscuros, mirando para otro lado con cruel frialdad.

Agachó la cabeza y, algo deprimido, pegó media vuelta decidido a pasar atornillado a la barra lo que restaba de noche hasta que sus amigos, de mejor suerte, lo buscaran para volver a la casa incrustada en la serranía.

Pero cuando andaba por la tercera o cuarta botella, sorpresivamente lo tomaron de la mano y sin mediar palabra lo metieron a las apuradas en un escondite en el que el inexperto descubrió que había mucho más detrás de esos hermosos ojos chocolate.

lunes, 26 de mayo de 2008

Alta Gracia, por Duar

Por Alta Gracia anduve en 2005. Fue cosa de horas, menos que un fin de semana, con la excusa de unas visitas y otros trámites que la tía abuela de Ju tenía que hacer por allá. Fueron 16 horas de viaje y cerca de 32 de estadía.

Cuando se me pasó esa emoción de bobo que me da cuando el camino sube y baja un poquito, reparé en lo que Alta Gracia me ofrecía: las montañas que asoman a su espalda y una incógnita: esa torre que, solita, da la hora desde la orilla de Tajamar. Desde la plaza, el sol juega a desparramar colores mientras se esconde detrás de la arquitectura magnífica que los Jesuitas le regalaron a la ciudad para que se escape a otro tiempo cada vez que se aburre del ruido del centro altagracense. Los Jesuitas dejaron además un dique en pleno centro y un obraje, antecedente histórico de los talleres textiles que hoy en día explotan bolivianos en el Once.

Alta Gracia dejó para mí apenas una noche; un paseo y el juego favorito de los enamorados: un ratito abrazado a su cintura en el banco de una plaza, a la luz de un farol que nos espantaba el ganado miedo a la oscuridad.