En ese instante el Viajero fuerza una sonrisa y comienza a saborear algunas ideas que masticará por días.
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lunes, 1 de marzo de 2010
Purmamarca II, por Duar.
Los Viajeros se atreven a los juegos del carnaval. Animados por la cerveza, el calor y la invitación de unos changuitos que les arrojan harina, se hacen de una espuma por unos pesos y se lanzan a la acción. En pocos segundos se desata en derredor suyo una batalla campal: no menos de seis se les vienen encima e intentan desarmarlos por las malas; les es arrojada nieve, talco, papel picado y algún que otro golpe desde todos los flancos. Aturdidos, buscan con la mirada la ayuda de algún padre celoso que colabore.
Nada encuentran: todo el pueblo está entregado a la cumbia y a la cerveza, a la fiesta en la calle. Los rostros, desencajados por la chicha e igualados por la harina, se esconden detrás de máscaras, banderas y estandartes. Los Viajeros están por las suyas. Intentan negociar un armisticio mediante la entrega de su única arma, pero los beligerantes no se conforman. Deben emprender la retirada, silenciosos y cabizbajos entre empujones y risas burlonas.
En ese instante el Viajero fuerza una sonrisa y comienza a saborear algunas ideas que masticará por días.
En ese instante el Viajero fuerza una sonrisa y comienza a saborear algunas ideas que masticará por días.
viernes, 27 de marzo de 2009
La Quiaca, por Duar

¿Todo bien jefecito? ¿Así que anduvo por la Puna? Qué gente sacrificada esa… Vivir tan lejos de todo, con esos caminos imposibles, es difícil, ¿eh? Uno llega y se pone a mirar y dice que sí, que es todo hermoso, que podría vivir allí por siempre y que no le importaría el frío que cala los huesos ni el calor que asa la carne; pero la verdad es que al ratito nomás empieza a costar.
Ya marcha otra cerveza, jefe ¿No le gusta el morrón? Quizás le encuentre un gusto raro a la pizza, está hecha con quesillo de cabra, cabras del lugar. Y las milanesas de llama de anoche, ¿cómo estuvieron? Bueno, a esas las traen de ahicito, habrá visto la cantidad de animales que hay. Crían las llamas y las vicuñitas, ahora que se pueden comerciar; vale cualquier plata esa lana.
¿Y llegó bien? ¿No se le complicó con las lluvias? Llovió en toda la Puna y los caminos deben estar imposibles, pero claro, ustedes van en la camioneta. Seguro que creían que la Puna era sequísima y que se iban a cansar de tragar tierra. La gente no conoce… ¿y sabe por qué los que viven allá se quedan, a pesar de todas las penurias? Están haciendo patria, pues.
¿Otra porción, jefe?
sábado, 7 de marzo de 2009
Purmamarca, por Duar
Dos diablos vinieron hacia él con el paso apurado por el alcohol y la calle en bajada. Lo interpelaron jocosamente, qué pasa amigo, los mandó a volar.
Unas viejas que chayaban se acercaron para echarle harina en la cara, alegres de aloja y carnaval; las sacó carpiendo.
Unos changos que guitarreaban en un zaguán, con un pie apoyado en la silla y la guitarra descansando en la rodilla, entonados en más de un sentido, lo invitaron al convite. Desistió, rudamente.
Una chinita de mirada pícara, menos tímida que de costumbre, le dijo algo al pasar. Algo en lo que no reparó en absoluto.
Y cuando se armó la ronda en la fuente de la plaza y los más chicos salpicaron a los danzantes con agua y papel picado y las comparsas agitaron banderas y estandartes en derredor, todo fue jolgorio. Y él se arrepintió de por vida de haberlo visto desde el hermetismo y la asepsia del cascarón de sus miedos.
Unas viejas que chayaban se acercaron para echarle harina en la cara, alegres de aloja y carnaval; las sacó carpiendo.
Unos changos que guitarreaban en un zaguán, con un pie apoyado en la silla y la guitarra descansando en la rodilla, entonados en más de un sentido, lo invitaron al convite. Desistió, rudamente.
Una chinita de mirada pícara, menos tímida que de costumbre, le dijo algo al pasar. Algo en lo que no reparó en absoluto.
Y cuando se armó la ronda en la fuente de la plaza y los más chicos salpicaron a los danzantes con agua y papel picado y las comparsas agitaron banderas y estandartes en derredor, todo fue jolgorio. Y él se arrepintió de por vida de haberlo visto desde el hermetismo y la asepsia del cascarón de sus miedos.
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Jujuy,
Quebrada de Humahuaca,
Ruta Nacional 9
sábado, 11 de octubre de 2008
Tilcara, por Juanito
Estimado Gustavo:
Creo que no hace falta mencionar lo maravillosa que ha resultado la jornada de hoy. La caminata que en un principio miramos de reojo por el frío y lo temprano, nos pagó con creces: los silencios vencieron a la incansable pendiente; los colores condenaron al olvido a la falta de aire. Y si bien no llegamos a la Garganta del Diablo, la fiesta que nos retuvo en la quebrada quedará por siempre tatuada en mi memoria.
Cuando éste, mi viaje, apenas comenzaba a ser esbozado un año atrás en el agobiante calor rosarino, quienes habían tenido la experiencia de un recorrido similar me anticiparon que -más allá de los paisajes y la historia y el descanso- el Norte me iba a regalar amigos, compañeros, compadres.
Y déjame decirte que no se equivocaban, y que tú eres la viva y fresca prueba de ello. Son cosas que se notan, ¿vio? Uno percibe cuándo un abrazo es auténtico o mera pose para la foto; uno se da cuenta cuándo la oferta del último trozo de sandwich es etiqueta y cuándo comunidad.
Pero si hubo un momento en que manifestaste tu intención de eterna y sincera hermandad -que mediante la presente declaro acepto honrado- fue cuando anoche, entre cervezas y rockanrolles, con apenas algunas horas de convivencia en "El Andariego", me enseñaste las fotos de tu prometida posando desnuda, para que vea lo hermosa que era.
Un afectuoso saludo, y la mejor de las suertes en tu camino.
Creo que no hace falta mencionar lo maravillosa que ha resultado la jornada de hoy. La caminata que en un principio miramos de reojo por el frío y lo temprano, nos pagó con creces: los silencios vencieron a la incansable pendiente; los colores condenaron al olvido a la falta de aire. Y si bien no llegamos a la Garganta del Diablo, la fiesta que nos retuvo en la quebrada quedará por siempre tatuada en mi memoria.
Cuando éste, mi viaje, apenas comenzaba a ser esbozado un año atrás en el agobiante calor rosarino, quienes habían tenido la experiencia de un recorrido similar me anticiparon que -más allá de los paisajes y la historia y el descanso- el Norte me iba a regalar amigos, compañeros, compadres.
Y déjame decirte que no se equivocaban, y que tú eres la viva y fresca prueba de ello. Son cosas que se notan, ¿vio? Uno percibe cuándo un abrazo es auténtico o mera pose para la foto; uno se da cuenta cuándo la oferta del último trozo de sandwich es etiqueta y cuándo comunidad.
Pero si hubo un momento en que manifestaste tu intención de eterna y sincera hermandad -que mediante la presente declaro acepto honrado- fue cuando anoche, entre cervezas y rockanrolles, con apenas algunas horas de convivencia en "El Andariego", me enseñaste las fotos de tu prometida posando desnuda, para que vea lo hermosa que era.
Un afectuoso saludo, y la mejor de las suertes en tu camino.
sábado, 4 de octubre de 2008
La Quiaca, por Juanito
¿Y por qué no usan animales?
Porque se quejarían.
¿Del peso?
No, del jornal.
Porque se quejarían.
¿Del peso?
No, del jornal.
Difícil fue para el viajero no ser turista, aunque él sostenga lo contrario. Se le complicó dejar el lugar de observador curioso, analítico, explorador de razones y estructuras. ¿Se puede decir que de tanta búsqueda de la realidad, no la vivió?
Tampoco es para exagerar, en ocasiones sí lo hizo, vaya si lo hizo. Pero no pudo, por ejemplo, en La Quiaca: mientras hacía sellar su pasaporte, estudiaba asombrado -hasta tomó una fotografía- cómo los tipos -y las tipas y los tipitos- andaban a las corridas de un lado a otro de la frontera, encorvados, cargando robustos bolsones que bien podrían haber sido verduras frescas o historia latinoamericana.
Le costó entender que eso no era sólo La Quiaca y el colla y la frontera. Con el tiempo pensaría que eso es el mundo, que La Quiaca es todos lados. Llegaría a considerar que La Quiaca es él mismo, su escenario, los amigos y los no tanto. Todo junto, quizás llevado al absurdo, o ni siquiera.
viernes, 26 de septiembre de 2008
Purmamarca, por Duar
Juan, el Negro, viajó todo el camino hacia la Quebrada doblado y acurrucado en el fondo del asiento del viejo renault 12. Descompuesto del todo, un poco por el desayuno a las apuradas –un vaso de leche fría y dos galletitas dulces- y otro tanto por la altura y la sinuosidad de la ruta 9, que se abre paso por la yunga salto-jujeña, entre la densísima vegetación que todo lo cubre, las curvas imposibles del camino y los metros que asciende raudamente, casi sin darle tiempo a uno –y mucho menos al pobre Negro– de aclimatarse. Aquí el inventario de los síntomas: primero se le taparon los oídos y le bajó la presión, y más tarde su estómago decidió, unilateralmente, que todo lo que había bajado subiera.
Así llegó a San Salvador de Jujuy, donde la parada de reaprovisionamiento le permitió aclimatarse un poco y echar algo al gañete, y así emprendió el camino a Purmamarca del todo recompuesto. A partir de entonces, su estado de ánimo le permitió disfrutar de los paisajes de mil colores y el milagroso tránsito de la vegetación extrema –plantas que crecen sobre otras plantas– a la aridez de la prepuna.
Cuando llegamos al mirador de los siete colores, bajó entusiasmadísimo a sacar una foto al famoso cerro. Ahí se topó con la vieja de la caja que, entre copla y copla, le exigió unas monedas en concepto de redistribución forzosa de la riqueza:
—Dale porteñito —le dijo, insistente, mientras se colaba en todas las fotos —a vos las monedas te sobran y podrías dejarme un poquito a mí.
Así llegó a San Salvador de Jujuy, donde la parada de reaprovisionamiento le permitió aclimatarse un poco y echar algo al gañete, y así emprendió el camino a Purmamarca del todo recompuesto. A partir de entonces, su estado de ánimo le permitió disfrutar de los paisajes de mil colores y el milagroso tránsito de la vegetación extrema –plantas que crecen sobre otras plantas– a la aridez de la prepuna.
Cuando llegamos al mirador de los siete colores, bajó entusiasmadísimo a sacar una foto al famoso cerro. Ahí se topó con la vieja de la caja que, entre copla y copla, le exigió unas monedas en concepto de redistribución forzosa de la riqueza:
—Dale porteñito —le dijo, insistente, mientras se colaba en todas las fotos —a vos las monedas te sobran y podrías dejarme un poquito a mí.
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