En ese instante el Viajero fuerza una sonrisa y comienza a saborear algunas ideas que masticará por días.
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lunes, 1 de marzo de 2010
Purmamarca II, por Duar.
Los Viajeros se atreven a los juegos del carnaval. Animados por la cerveza, el calor y la invitación de unos changuitos que les arrojan harina, se hacen de una espuma por unos pesos y se lanzan a la acción. En pocos segundos se desata en derredor suyo una batalla campal: no menos de seis se les vienen encima e intentan desarmarlos por las malas; les es arrojada nieve, talco, papel picado y algún que otro golpe desde todos los flancos. Aturdidos, buscan con la mirada la ayuda de algún padre celoso que colabore.
Nada encuentran: todo el pueblo está entregado a la cumbia y a la cerveza, a la fiesta en la calle. Los rostros, desencajados por la chicha e igualados por la harina, se esconden detrás de máscaras, banderas y estandartes. Los Viajeros están por las suyas. Intentan negociar un armisticio mediante la entrega de su única arma, pero los beligerantes no se conforman. Deben emprender la retirada, silenciosos y cabizbajos entre empujones y risas burlonas.
En ese instante el Viajero fuerza una sonrisa y comienza a saborear algunas ideas que masticará por días.
En ese instante el Viajero fuerza una sonrisa y comienza a saborear algunas ideas que masticará por días.
viernes, 27 de marzo de 2009
La Quiaca, por Duar

¿Todo bien jefecito? ¿Así que anduvo por la Puna? Qué gente sacrificada esa… Vivir tan lejos de todo, con esos caminos imposibles, es difícil, ¿eh? Uno llega y se pone a mirar y dice que sí, que es todo hermoso, que podría vivir allí por siempre y que no le importaría el frío que cala los huesos ni el calor que asa la carne; pero la verdad es que al ratito nomás empieza a costar.
Ya marcha otra cerveza, jefe ¿No le gusta el morrón? Quizás le encuentre un gusto raro a la pizza, está hecha con quesillo de cabra, cabras del lugar. Y las milanesas de llama de anoche, ¿cómo estuvieron? Bueno, a esas las traen de ahicito, habrá visto la cantidad de animales que hay. Crían las llamas y las vicuñitas, ahora que se pueden comerciar; vale cualquier plata esa lana.
¿Y llegó bien? ¿No se le complicó con las lluvias? Llovió en toda la Puna y los caminos deben estar imposibles, pero claro, ustedes van en la camioneta. Seguro que creían que la Puna era sequísima y que se iban a cansar de tragar tierra. La gente no conoce… ¿y sabe por qué los que viven allá se quedan, a pesar de todas las penurias? Están haciendo patria, pues.
¿Otra porción, jefe?
sábado, 7 de marzo de 2009
Purmamarca, por Duar
Dos diablos vinieron hacia él con el paso apurado por el alcohol y la calle en bajada. Lo interpelaron jocosamente, qué pasa amigo, los mandó a volar.
Unas viejas que chayaban se acercaron para echarle harina en la cara, alegres de aloja y carnaval; las sacó carpiendo.
Unos changos que guitarreaban en un zaguán, con un pie apoyado en la silla y la guitarra descansando en la rodilla, entonados en más de un sentido, lo invitaron al convite. Desistió, rudamente.
Una chinita de mirada pícara, menos tímida que de costumbre, le dijo algo al pasar. Algo en lo que no reparó en absoluto.
Y cuando se armó la ronda en la fuente de la plaza y los más chicos salpicaron a los danzantes con agua y papel picado y las comparsas agitaron banderas y estandartes en derredor, todo fue jolgorio. Y él se arrepintió de por vida de haberlo visto desde el hermetismo y la asepsia del cascarón de sus miedos.
Unas viejas que chayaban se acercaron para echarle harina en la cara, alegres de aloja y carnaval; las sacó carpiendo.
Unos changos que guitarreaban en un zaguán, con un pie apoyado en la silla y la guitarra descansando en la rodilla, entonados en más de un sentido, lo invitaron al convite. Desistió, rudamente.
Una chinita de mirada pícara, menos tímida que de costumbre, le dijo algo al pasar. Algo en lo que no reparó en absoluto.
Y cuando se armó la ronda en la fuente de la plaza y los más chicos salpicaron a los danzantes con agua y papel picado y las comparsas agitaron banderas y estandartes en derredor, todo fue jolgorio. Y él se arrepintió de por vida de haberlo visto desde el hermetismo y la asepsia del cascarón de sus miedos.
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martes, 27 de enero de 2009
Santiago del Estero, por Duar

Necesito imperiosamente ver estrellas. Es una noche clara y fresca, cantan los grillos y croan las ranas. El viento mueve las copas de dos jóvenes y muy altos álamos que planté, hace varios años ya, en el fondo de casa. Es una noche bella, sin dudas, pero no alcanzo a ver estrellas. Me llamo a ser honesto: veo algunas. Varias. Muchas. Y escucho el ladrido de los perros a la distancia. Pero las luces de la ciudad se ríen del tenue brillo del firmamento, se creen omnipotentes y lo ocultan a los ojos de los insomnes como yo; ignoran que es como pretender eclipsar al sol con un dedo.
Pero quiero el cielo de una noche estrellada en Santiago. Allá no cuesta ni un poco ver el silencioso espectáculo del cosmos. Difícil es apreciar el telón oscuro que el cielo les ofrece de fondo. Y cuando aparece la luna y recorta además un paisaje de monte –la figura espinosa de los quebrachos– pierde uno la esperanza de encontrar otra noche como esa y se entrega a la triste rutina de extrañarla para siempre.
lunes, 13 de octubre de 2008
Ciudad del Milagro, por Duar
Uno, dos, tres, cuatro…
Almita’i Pollo, menudito, escuálido, morocho y pícaro, se esconde tras los ligustros del viejo Sosa, justo debajo de un pino. Mientras todos procuran escondites rebuscados para perdurar en el juego, Almita elige uno a tiro de donde cuento yo…
Veintisiete –tomo aire–, veintiocho, veintinueve –al treinta casi que lo cuento mientras respiro por la boca, agitado.
El plan, en sí, no es malo. Sabe que voy a salir a buscar a los chicos que rajaron calle abajo; me vio que los espiaba y que no lo vi a él.
Cuarenta y uno, cuarenta y dos –estoy pensando que May se debe haber escondido atrás de los cajones de la verdulería, y la boba de Tania no puede andar muy lejos, si son casi siamesas–, cuarenta y tres…
Almita’i Pollo escucha un chillido que viene de arriba del árbol, justo cuando yo termino de contar. Me doy vuelta y al primero que veo es a él, que viene lívido, con la mirada perdida, como un zombi. Lo pico, cagaste Almita; no parece importarle. Me esquiva a paso cortito, arrastra los pies, y entra su casa sin decir palabra. De la sorpresa, no atino a preguntarle qué le pasa. Los demás también lo ven y salen uno a uno de sus escondites. Quique se va detrás de él y le pregunta qué le pasó, y algo le responde, no se qué, es secreto. Nos vamos todos a dormir, asustados.
Al otro día, el colchón de Almita se orea en el jardincito del frente de su casa. Se meó como un bebé, porque dice que lo chistó una lechuza y que se va a morir, porque así es nomás, cuando un bicho de esos te llama de noche.
Almita’i Pollo, menudito, escuálido, morocho y pícaro, se esconde tras los ligustros del viejo Sosa, justo debajo de un pino. Mientras todos procuran escondites rebuscados para perdurar en el juego, Almita elige uno a tiro de donde cuento yo…
Veintisiete –tomo aire–, veintiocho, veintinueve –al treinta casi que lo cuento mientras respiro por la boca, agitado.
El plan, en sí, no es malo. Sabe que voy a salir a buscar a los chicos que rajaron calle abajo; me vio que los espiaba y que no lo vi a él.
Cuarenta y uno, cuarenta y dos –estoy pensando que May se debe haber escondido atrás de los cajones de la verdulería, y la boba de Tania no puede andar muy lejos, si son casi siamesas–, cuarenta y tres…
Almita’i Pollo escucha un chillido que viene de arriba del árbol, justo cuando yo termino de contar. Me doy vuelta y al primero que veo es a él, que viene lívido, con la mirada perdida, como un zombi. Lo pico, cagaste Almita; no parece importarle. Me esquiva a paso cortito, arrastra los pies, y entra su casa sin decir palabra. De la sorpresa, no atino a preguntarle qué le pasa. Los demás también lo ven y salen uno a uno de sus escondites. Quique se va detrás de él y le pregunta qué le pasó, y algo le responde, no se qué, es secreto. Nos vamos todos a dormir, asustados.
Al otro día, el colchón de Almita se orea en el jardincito del frente de su casa. Se meó como un bebé, porque dice que lo chistó una lechuza y que se va a morir, porque así es nomás, cuando un bicho de esos te llama de noche.
sábado, 11 de octubre de 2008
Tilcara, por Juanito
Estimado Gustavo:
Creo que no hace falta mencionar lo maravillosa que ha resultado la jornada de hoy. La caminata que en un principio miramos de reojo por el frío y lo temprano, nos pagó con creces: los silencios vencieron a la incansable pendiente; los colores condenaron al olvido a la falta de aire. Y si bien no llegamos a la Garganta del Diablo, la fiesta que nos retuvo en la quebrada quedará por siempre tatuada en mi memoria.
Cuando éste, mi viaje, apenas comenzaba a ser esbozado un año atrás en el agobiante calor rosarino, quienes habían tenido la experiencia de un recorrido similar me anticiparon que -más allá de los paisajes y la historia y el descanso- el Norte me iba a regalar amigos, compañeros, compadres.
Y déjame decirte que no se equivocaban, y que tú eres la viva y fresca prueba de ello. Son cosas que se notan, ¿vio? Uno percibe cuándo un abrazo es auténtico o mera pose para la foto; uno se da cuenta cuándo la oferta del último trozo de sandwich es etiqueta y cuándo comunidad.
Pero si hubo un momento en que manifestaste tu intención de eterna y sincera hermandad -que mediante la presente declaro acepto honrado- fue cuando anoche, entre cervezas y rockanrolles, con apenas algunas horas de convivencia en "El Andariego", me enseñaste las fotos de tu prometida posando desnuda, para que vea lo hermosa que era.
Un afectuoso saludo, y la mejor de las suertes en tu camino.
Creo que no hace falta mencionar lo maravillosa que ha resultado la jornada de hoy. La caminata que en un principio miramos de reojo por el frío y lo temprano, nos pagó con creces: los silencios vencieron a la incansable pendiente; los colores condenaron al olvido a la falta de aire. Y si bien no llegamos a la Garganta del Diablo, la fiesta que nos retuvo en la quebrada quedará por siempre tatuada en mi memoria.
Cuando éste, mi viaje, apenas comenzaba a ser esbozado un año atrás en el agobiante calor rosarino, quienes habían tenido la experiencia de un recorrido similar me anticiparon que -más allá de los paisajes y la historia y el descanso- el Norte me iba a regalar amigos, compañeros, compadres.
Y déjame decirte que no se equivocaban, y que tú eres la viva y fresca prueba de ello. Son cosas que se notan, ¿vio? Uno percibe cuándo un abrazo es auténtico o mera pose para la foto; uno se da cuenta cuándo la oferta del último trozo de sandwich es etiqueta y cuándo comunidad.
Pero si hubo un momento en que manifestaste tu intención de eterna y sincera hermandad -que mediante la presente declaro acepto honrado- fue cuando anoche, entre cervezas y rockanrolles, con apenas algunas horas de convivencia en "El Andariego", me enseñaste las fotos de tu prometida posando desnuda, para que vea lo hermosa que era.
Un afectuoso saludo, y la mejor de las suertes en tu camino.
sábado, 4 de octubre de 2008
La Quiaca, por Juanito
¿Y por qué no usan animales?
Porque se quejarían.
¿Del peso?
No, del jornal.
Porque se quejarían.
¿Del peso?
No, del jornal.
Difícil fue para el viajero no ser turista, aunque él sostenga lo contrario. Se le complicó dejar el lugar de observador curioso, analítico, explorador de razones y estructuras. ¿Se puede decir que de tanta búsqueda de la realidad, no la vivió?
Tampoco es para exagerar, en ocasiones sí lo hizo, vaya si lo hizo. Pero no pudo, por ejemplo, en La Quiaca: mientras hacía sellar su pasaporte, estudiaba asombrado -hasta tomó una fotografía- cómo los tipos -y las tipas y los tipitos- andaban a las corridas de un lado a otro de la frontera, encorvados, cargando robustos bolsones que bien podrían haber sido verduras frescas o historia latinoamericana.
Le costó entender que eso no era sólo La Quiaca y el colla y la frontera. Con el tiempo pensaría que eso es el mundo, que La Quiaca es todos lados. Llegaría a considerar que La Quiaca es él mismo, su escenario, los amigos y los no tanto. Todo junto, quizás llevado al absurdo, o ni siquiera.
viernes, 26 de septiembre de 2008
Purmamarca, por Duar
Juan, el Negro, viajó todo el camino hacia la Quebrada doblado y acurrucado en el fondo del asiento del viejo renault 12. Descompuesto del todo, un poco por el desayuno a las apuradas –un vaso de leche fría y dos galletitas dulces- y otro tanto por la altura y la sinuosidad de la ruta 9, que se abre paso por la yunga salto-jujeña, entre la densísima vegetación que todo lo cubre, las curvas imposibles del camino y los metros que asciende raudamente, casi sin darle tiempo a uno –y mucho menos al pobre Negro– de aclimatarse. Aquí el inventario de los síntomas: primero se le taparon los oídos y le bajó la presión, y más tarde su estómago decidió, unilateralmente, que todo lo que había bajado subiera.
Así llegó a San Salvador de Jujuy, donde la parada de reaprovisionamiento le permitió aclimatarse un poco y echar algo al gañete, y así emprendió el camino a Purmamarca del todo recompuesto. A partir de entonces, su estado de ánimo le permitió disfrutar de los paisajes de mil colores y el milagroso tránsito de la vegetación extrema –plantas que crecen sobre otras plantas– a la aridez de la prepuna.
Cuando llegamos al mirador de los siete colores, bajó entusiasmadísimo a sacar una foto al famoso cerro. Ahí se topó con la vieja de la caja que, entre copla y copla, le exigió unas monedas en concepto de redistribución forzosa de la riqueza:
—Dale porteñito —le dijo, insistente, mientras se colaba en todas las fotos —a vos las monedas te sobran y podrías dejarme un poquito a mí.
Así llegó a San Salvador de Jujuy, donde la parada de reaprovisionamiento le permitió aclimatarse un poco y echar algo al gañete, y así emprendió el camino a Purmamarca del todo recompuesto. A partir de entonces, su estado de ánimo le permitió disfrutar de los paisajes de mil colores y el milagroso tránsito de la vegetación extrema –plantas que crecen sobre otras plantas– a la aridez de la prepuna.
Cuando llegamos al mirador de los siete colores, bajó entusiasmadísimo a sacar una foto al famoso cerro. Ahí se topó con la vieja de la caja que, entre copla y copla, le exigió unas monedas en concepto de redistribución forzosa de la riqueza:
—Dale porteñito —le dijo, insistente, mientras se colaba en todas las fotos —a vos las monedas te sobran y podrías dejarme un poquito a mí.
miércoles, 17 de septiembre de 2008
San Miguel de Tucumán, por Juanito
De San Miguel conozco, básicamente, su infraestructura en materia de transporte. Apenas descendí en la estación de trenes me subí a un colectivo de línea que me depositó en la Terminal de Ómnibus. Una vez ahí, una lluvia despiadada me cerró las puertas de la ciudad, condenándome a ocho horas de espera en el lugar, hasta la partida del micro hacia Tilcara.
Sede de la primera de las que serían miles de escobas de quince que casi siempre ganó Ignacio y de unos espectaculares mates con el inconfundible sello del amigo Frosty, la Terminal de San Miguel fue, además, testigo de la redacción de los renglones que encabezan el diario del viaje, relato de ruta.
Largamos. No sé con certeza a dónde estoy yendo. Cuando a punto estamos de atravesar una villa miseria, saliendo de Rosario, la voz del tren ofrece una idea: “Por favor, señores pasajeros, cierren las ventanillas”. Por cierto, Fa, ya te extraño.
Sede de la primera de las que serían miles de escobas de quince que casi siempre ganó Ignacio y de unos espectaculares mates con el inconfundible sello del amigo Frosty, la Terminal de San Miguel fue, además, testigo de la redacción de los renglones que encabezan el diario del viaje, relato de ruta.
Largamos. No sé con certeza a dónde estoy yendo. Cuando a punto estamos de atravesar una villa miseria, saliendo de Rosario, la voz del tren ofrece una idea: “Por favor, señores pasajeros, cierren las ventanillas”. Por cierto, Fa, ya te extraño.
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sábado, 13 de septiembre de 2008
Rosario II, por Juanito
¿Cuál es el sentido de arreglarlo?, si en una semana, dos a lo sumo, con la próxima tormenta, volverá a estar como ahora, sino peor..., reflexiona el burócrata, de mal día, desde la ventana de la oficina.El maquinista no entiende razones y sigue trabajando, dale que te dale con su pala mecánica, y su tronar insulta a todo el barrio.
¿Qué estarán haciendo estos?, se pregunta el pescador urbano que, a falta de metálico, le arranca sus vituallas a la desembocadura del arroyo Ludueña.
El tiempo no parece funcionar en Zona Norte. Todo es presente, pasado y futuro, un remolino indescifrable de coordenadas difusas y cansancio y políticas a la vez antiguas y novedosas.
¿Cuál es el sentido, entonces?, reflexiona el burócrata, si en una semana, o un mes a lo sumo, con la próxima tormenta, volverá a estar como ahora, sino peor...
miércoles, 10 de septiembre de 2008
Fighiera, por Juanito
Muchas motos y más bicicletas merodeaban incesantes alrededor de la plaza de Fighiera, que como sucede en cada pueblo argentino, está cercada por la Municipalidad, la escuela y la capilla.
Una Navidad más ahí, pero es la última que voy a misa, advertí. Los venticuatro-de-diciembre funcionaban como el último y delgado hilo que me ligaba a la Iglesia. El próximo pasaría directo a la cena familiar, sin simulacro religioso mediante.
Más o menos lo de siempre: todos felices, todos sonrientes, todos amigos. Como si nadie tuviese la culpa de nada, diría Mafalda.
Diferente era el cura: jovencito, mirada profunda, barba descuidada. Recién llegado desde vaya a saber uno dónde, le tocaba la complicada misión de reemplazar a un párroco cuyo discurso había conformado durante años la conciencia de la feligresía.
En el templo, un nervioso murmullo evidenciaba la lógica expectativa que devino de la novedad. Pero de arranque se anularía toda posibilidad de idilio: a la hora del sermón tuvo el atrevimiento de denunciar las desigualdades sociales del país, en un día que debería ser pura alegría, rezongaron escandalizadas las señoras.
Una Navidad más ahí, pero es la última que voy a misa, advertí. Los venticuatro-de-diciembre funcionaban como el último y delgado hilo que me ligaba a la Iglesia. El próximo pasaría directo a la cena familiar, sin simulacro religioso mediante.
Más o menos lo de siempre: todos felices, todos sonrientes, todos amigos. Como si nadie tuviese la culpa de nada, diría Mafalda.
Diferente era el cura: jovencito, mirada profunda, barba descuidada. Recién llegado desde vaya a saber uno dónde, le tocaba la complicada misión de reemplazar a un párroco cuyo discurso había conformado durante años la conciencia de la feligresía.
En el templo, un nervioso murmullo evidenciaba la lógica expectativa que devino de la novedad. Pero de arranque se anularía toda posibilidad de idilio: a la hora del sermón tuvo el atrevimiento de denunciar las desigualdades sociales del país, en un día que debería ser pura alegría, rezongaron escandalizadas las señoras.
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sábado, 2 de agosto de 2008
Roldán, por Juanito
A pesar de la tenaz insistencia de sus cofrades, el dueño de las riendas consideró que el perrito debía quedarse abajo, así como estaba, zigzagueando con audacia entre las ruedas del sulky que se dirigía a toda velocidad hacia el mercado.
Saliendo de la quinta, tomaron por la segunda calle de tierra hacia la izquierda. Por ahí avanzaron hasta toparse con un eucalipto solitario, y enfilaron hacia donde se veían unas chozas a medio construir o a medio desplomarse. Al llegar a ellas, según les habían dicho, se asomaría Roldán en el horizonte.
Al pecoso se lo veía especialmente preocupado, revisando a cada instante que los reflejos del can siguieran asegurándole la existencia.
-Va a estar bien...- lo tranquilizaba el chofer.
Y estuvo bien, hasta que no estuvo más. Los castigados caminos de la zona le jugaron una mala pasada al animal: cayó en un pozo demasiado profundo para sus patas amarretas y la pesada rueda del carruaje no lo perdonó. Entregó un agónico chillido, una mirada desesperanzada y salió disparado, desapareciendo para siempre entre las malezas de un terreno baldío.
Los muchachitos, en silencio, pegaron media vuelta, jurándose que jamás se mencionaría el asunto.
Saliendo de la quinta, tomaron por la segunda calle de tierra hacia la izquierda. Por ahí avanzaron hasta toparse con un eucalipto solitario, y enfilaron hacia donde se veían unas chozas a medio construir o a medio desplomarse. Al llegar a ellas, según les habían dicho, se asomaría Roldán en el horizonte.
Al pecoso se lo veía especialmente preocupado, revisando a cada instante que los reflejos del can siguieran asegurándole la existencia.
-Va a estar bien...- lo tranquilizaba el chofer.
Y estuvo bien, hasta que no estuvo más. Los castigados caminos de la zona le jugaron una mala pasada al animal: cayó en un pozo demasiado profundo para sus patas amarretas y la pesada rueda del carruaje no lo perdonó. Entregó un agónico chillido, una mirada desesperanzada y salió disparado, desapareciendo para siempre entre las malezas de un terreno baldío.
Los muchachitos, en silencio, pegaron media vuelta, jurándose que jamás se mencionaría el asunto.
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jueves, 19 de junio de 2008
Salta, por Duar
Cuando el modesto cartel emplazado al costado de la ruta advierte “SALTA”, uno tiende a desestimar los indicios y seguir despreocupado su camino, cuesta arriba, hacia el portezuelo. Cuando la ciudad estalla con sus trazados luminosos y la sombra de los cerros proyectándose hacia su interior, el viajero entiende todo: Salta es la linda, la más linda, y el oxidado cartel a la vera del camino contiene una advertencia para desoír, para poder ignorarla y que la ciudad nos
sorprenda con su grito orgulloso de existencia. Estoy acostumbrado a intercambiar miradas cómplices con el viejo cartel y dejarme sorprender por Salta.
Cuando bajo, juego a perderme entre los próceres y los garcas que dan nombre a las calles del centro, y a encontrarme con una mirada gracias a las luces del cerro San Bernardo. Me gusta caminar entre los arcos de la calle Caseros, donde germinan a la sombra los despojos humanos que van dejando los Cornejo, Saravia, Romero y Ulloa, en sus eternas alternancias al mando del feudo.
De 2001 a esta parte los inviernos traen a Salta hojas secas y euros frescos, y se puso de moda ocultar cualquier síntoma de revuelta social: los turistas podrían jurar que de noche suenan tiros y corridas en la Plaza 9 de Julio, que amanece limpia cuando había anochecido abarrotada de gente, bombos y pancartas.
sorprenda con su grito orgulloso de existencia. Estoy acostumbrado a intercambiar miradas cómplices con el viejo cartel y dejarme sorprender por Salta.Cuando bajo, juego a perderme entre los próceres y los garcas que dan nombre a las calles del centro, y a encontrarme con una mirada gracias a las luces del cerro San Bernardo. Me gusta caminar entre los arcos de la calle Caseros, donde germinan a la sombra los despojos humanos que van dejando los Cornejo, Saravia, Romero y Ulloa, en sus eternas alternancias al mando del feudo.
De 2001 a esta parte los inviernos traen a Salta hojas secas y euros frescos, y se puso de moda ocultar cualquier síntoma de revuelta social: los turistas podrían jurar que de noche suenan tiros y corridas en la Plaza 9 de Julio, que amanece limpia cuando había anochecido abarrotada de gente, bombos y pancartas.
sábado, 31 de mayo de 2008
Baradero, por Duar.
Cuando vi los ojos de la señora-tanque a través de la persiana presentí lo peor. Todavía no había visto el camisón beige, tan parecido a una cortina de baño; ni su cuerpo redondo y voluminoso balancearse como un péndulo al compás del roce de las chinelas contra el gastado contrapiso del zaguán.
Yo tenía apenas 16 años y sostenía una mira alta, altísima y pesada; el sol que pegaba de frente, de lleno en los ojos, que mantenía fijos en la figura de mi viejo. Estaba desesperado, rogando que agitara su brazo haciéndome saber que ya había tomado lectura y me podía ir de
ahí. Recordaba el río y sus destellos brillando sobre la ventana de la habitación del hotel, y su curso serpenteante, su playa de suave gramilla verde en un cálido atardecer de febrero.
Barrio pobre de Baradero, calle de tierra flanqueada por sauces y zanjas de aguas espumosas, sobrevoladas por mosquitos de engorde. Tres de la tarde, una hora para que abra la despensa y pueda comprar algo para echarme al gañete. Y la señora se acerca a paso lento y decidido. -¡Nene…! Nene, vos, decime una cosa: ¿para qué están midiendo? ¿Van a asfaltar? Asfaltan todas las calles menos la nuestra acá… ¿Cómo que no sabés? ¿Me estás tomando el pelo vos?
La voz, exactamente como la imaginaba: el timbre irritante de señora gritona, gorda y gritona y preguntona. Retumbaba en mi cabeza desde antes de oírla por primera vez, desde que alcancé a verla parpadeando ansiosa, mientras peleaba por acostumbrarse a la luz del sol que pegaba de lleno en su ventana, como pegaba en mi cejo fruncido.
Una mirada rápida a la señora-tanque y a su cortina de baño, y una mirada esperanzada a mi viejo. Una sonrisa aliviada.
-No sé señora, soy de La Plata, no se ni me importa…

Foto: www.baradero.com
Yo tenía apenas 16 años y sostenía una mira alta, altísima y pesada; el sol que pegaba de frente, de lleno en los ojos, que mantenía fijos en la figura de mi viejo. Estaba desesperado, rogando que agitara su brazo haciéndome saber que ya había tomado lectura y me podía ir de
ahí. Recordaba el río y sus destellos brillando sobre la ventana de la habitación del hotel, y su curso serpenteante, su playa de suave gramilla verde en un cálido atardecer de febrero.Barrio pobre de Baradero, calle de tierra flanqueada por sauces y zanjas de aguas espumosas, sobrevoladas por mosquitos de engorde. Tres de la tarde, una hora para que abra la despensa y pueda comprar algo para echarme al gañete. Y la señora se acerca a paso lento y decidido. -¡Nene…! Nene, vos, decime una cosa: ¿para qué están midiendo? ¿Van a asfaltar? Asfaltan todas las calles menos la nuestra acá… ¿Cómo que no sabés? ¿Me estás tomando el pelo vos?
La voz, exactamente como la imaginaba: el timbre irritante de señora gritona, gorda y gritona y preguntona. Retumbaba en mi cabeza desde antes de oírla por primera vez, desde que alcancé a verla parpadeando ansiosa, mientras peleaba por acostumbrarse a la luz del sol que pegaba de lleno en su ventana, como pegaba en mi cejo fruncido.
Una mirada rápida a la señora-tanque y a su cortina de baño, y una mirada esperanzada a mi viejo. Una sonrisa aliviada.
-No sé señora, soy de La Plata, no se ni me importa…
Foto: www.baradero.com
jueves, 29 de mayo de 2008
Funes, por Juanito
Me topé por primera vez con lo crudo del capitalismo cuando mis abuelos decidieron vender nuestra casa de Funes. Porque en la escritura habrá figurado a nombre de mi nono, pero era nuestra, de toda la familia.

Años han pasado, pero mucho pende aún de Funes.
Funes son los mimos de mi abuela. Son las calles de tierra que rara vez sienten el pisoteo de un auto. Es tener que recorrer dos kilómetros con la única compañía de la vía del tren cada vez que se necesita algo del almacén del pueblo. Funes es aprender a andar en bici, quedarse despierto hasta tarde y hacerle goles a mi viejo, el mejor arquero del mundo.
El futuro llegó a Funes, despachando al tren, a las calles de tierra, a los dos kilómetros, al almacén.
Por mi lado, me quedan los mimos de mi abuela, y el fútbol con mi viejo, aunque ahora me cuesta mil veces más hacerle un gol, y eso que ha caído varios puestos en el ranking.

Años han pasado, pero mucho pende aún de Funes.
Funes son los mimos de mi abuela. Son las calles de tierra que rara vez sienten el pisoteo de un auto. Es tener que recorrer dos kilómetros con la única compañía de la vía del tren cada vez que se necesita algo del almacén del pueblo. Funes es aprender a andar en bici, quedarse despierto hasta tarde y hacerle goles a mi viejo, el mejor arquero del mundo.
El futuro llegó a Funes, despachando al tren, a las calles de tierra, a los dos kilómetros, al almacén.
Por mi lado, me quedan los mimos de mi abuela, y el fútbol con mi viejo, aunque ahora me cuesta mil veces más hacerle un gol, y eso que ha caído varios puestos en el ranking.
lunes, 26 de mayo de 2008
Alta Gracia, por Duar
Por Alta Gracia anduve en 2005. Fue cosa de horas, menos que un fin de semana, con la excusa de unas visitas y otros trámites que la tía abuela de Ju tenía que hacer por allá. Fueron 16 horas de viaje y cerca de 32 de estadía.
Cuando se me pasó esa emoción de bobo que me da cuando el camino sube y baja un poquito, reparé en lo que Alta Gracia me ofrecía: las montañas que asoman a su espalda y una incógnita: esa torre que, solita, da la hora desde la orilla de Tajamar. Desde la plaza, el sol juega a desparramar colores mientras se esconde detrás de la arquitectura magnífica que los Jesuitas le regalaron a la ciudad para que se escape a otro tiempo cada vez que se aburre del ruido del centro altagracense. Los Jesuitas dejaron además un dique en pleno centro y un obraje, antecedente histórico de los talleres textiles que hoy en día explotan bolivianos en el Once.
Alta Gracia dejó para mí apenas una noche; un paseo y el juego favorito de los enamorados: un ratito abrazado a su cintura en el banco de una plaza, a la luz de un farol que nos espantaba el ganado miedo a la oscuridad.
Cuando se me pasó esa emoción de bobo que me da cuando el camino sube y baja un poquito, reparé en lo que Alta Gracia me ofrecía: las montañas que asoman a su espalda y una incógnita: esa torre que, solita, da la hora desde la orilla de Tajamar. Desde la plaza, el sol juega a desparramar colores mientras se esconde detrás de la arquitectura magnífica que los Jesuitas le regalaron a la ciudad para que se escape a otro tiempo cada vez que se aburre del ruido del centro altagracense. Los Jesuitas dejaron además un dique en pleno centro y un obraje, antecedente histórico de los talleres textiles que hoy en día explotan bolivianos en el Once.
Alta Gracia dejó para mí apenas una noche; un paseo y el juego favorito de los enamorados: un ratito abrazado a su cintura en el banco de una plaza, a la luz de un farol que nos espantaba el ganado miedo a la oscuridad.
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viernes, 23 de mayo de 2008
Rosario, por Juanito
Al menos un hombre lloró esta mañana en Rosario: se llama Daniel, es medio petiso y vive en la calle.
El frío matinal se reflejaba perfecto en un charco de agua acumulada en la bocacalle de la esquina de Rioja y Alvear.
Quizá lloraba porque llovía, y se mojaba; talvez a pesar de ello.
Me paré a esperar el 102, el mismo desvencijado e impuntual que cada día me lleva al trabajo.
- ¿Tiene hora, señor?- me preguntó.
Puede que llorase por el pasado, pero no podría descartar que fuera por el futuro, o el presente.
- Las seis y media- respondí levantando un poco la voz para hacerme escuchar entre el murmullo de una ciudad que empezaba a moverse.
- Muchas gracias.
Sacó una hoja de papel prolijamente doblada del bolsillo, y lo poco que quedaba de un lápiz. Se secó una lágrima con la manga de su saco, y comenzó a escribir:
“Cómo te extraño, María…”
No pude ver como seguía, había llegado mi colectivo.
El frío matinal se reflejaba perfecto en un charco de agua acumulada en la bocacalle de la esquina de Rioja y Alvear.
Quizá lloraba porque llovía, y se mojaba; talvez a pesar de ello.
Me paré a esperar el 102, el mismo desvencijado e impuntual que cada día me lleva al trabajo.- ¿Tiene hora, señor?- me preguntó.
Puede que llorase por el pasado, pero no podría descartar que fuera por el futuro, o el presente.
- Las seis y media- respondí levantando un poco la voz para hacerme escuchar entre el murmullo de una ciudad que empezaba a moverse.
- Muchas gracias.
Sacó una hoja de papel prolijamente doblada del bolsillo, y lo poco que quedaba de un lápiz. Se secó una lágrima con la manga de su saco, y comenzó a escribir:
“Cómo te extraño, María…”
No pude ver como seguía, había llegado mi colectivo.
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