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jueves, 27 de mayo de 2010
Embarcación, por Duar
Un día voy a contarles cómo fue que, una tarde de calor, con nueve añitos de edad y trepando por las barandas de la glorieta que hay o había en la plaza de Embarcación, Salta, a donde no he vuelto desde entonces, se me ocurrió que tal vez hacerme un moretón en la frente podía ser una buena idea y me decidí a cabecear el primer vértice que encontrara, con tanta mala suerte que terminé abriéndome la frente, ligando siete puntos de sutura, asustando a padres y abuelos y, lo más importante, despertando de la siesta al Doctor Velázquez que, miren si habrá sido bueno, me perdonó a cambio de que le comprara ciertos caramelos de frutilla o cereza a los que era especialmente afecto.
miércoles, 4 de marzo de 2009
Iruya, por Germán

Un paisaje singular, donde la hidalguía y bronce se aúnan templados por el sol distante. Fortaleza esbelta en la ladera de la montaña. Estandarte orgulloso de los primeros pobladores que, deslumbrados por tanta belleza, decidieron culminar allí su marcha existencial.
Parece que describiera a Gondor, la ciudad dorada de los “Dunadain” (traducción de ‘hombres del oeste’, en una lengua ficticia) que J. R. R. Tolkien delineó en su mitología. Si no supiera que aquel escritor era sudafricano, diría que se inspiró en Iruya para crear la Torre Blanca.
Y ahí estábamos parados, recién llegados, contemplando el silencio, escuchando los colores, y buscando cómo volver... Las chicas que nos acompañaban tenían que volver esa misma tarde para no perder un pasaje a Uyuni y no había más lugar en los micros de la vuelta.
Después de almorzar y un breve recorrido por el villorio, nos subimos a la caja de la F100 que nos haría la gauchada para que las chicas "no perdieran el viaje". Salticando en la camioneta al ritmo de las piedras y con el viento frío en la cara me pregunté si, de todas maneras, podían darlo por ganado.
lunes, 2 de marzo de 2009
San Antonio de los Cobres, por Duar
Como si fuera parte de un odioso y desesperado rito que busca conjurar el tedio de las siestas, los chicos de San Antonio tienen por costumbre abordar a cuanto turista ven bajar del auto, atolondrado por los efectos de la Puna, en la estación de servicio o la hostería del pueblo.El viajero conoce de memoria este ritual, y se entrega a él encantado.
—Galletitas —pide ella y pone su mejor cara de angelito: los ojitos achinados y sonrisa de dientes blanquísimos, ancha debajo de los pómulos.
—Recién le regalé un paquete a tu hermano, ¿no te convidó?, ¿dónde está? Traelo que lo hacemos cagar.
—No me ha dado, es malito —y otra vez pone esa carita de ji-ji-ji, esa risa deliciosa que suena como un cascabel.
¿Y qué otra cosa puede hacer uno –se pregunta el viajero–, más que darle las galletas, la coca y algunos caramelos? Únicamente pedirle que no sea mala, que le convide a su hermano o la va a tener que levantar por los talones y ponerla boca abajo hasta que devuelva todo lo entregado.
martes, 24 de febrero de 2009
El Rodeo, por Duar

El viajero se topa con Chica en Bici mientras baja desde La Poma a toda velocidad. La ve darse un golpazo en medio de la ruta y salvar su vida de milagro, arriba de una bicicleta sin frenos. Le hace un lugar en el asiento del auto y la acerca a su casa, en El Rodeo, valle abajo. Durante todo el viaje, intercambian experiencias y opiniones: le pregunta cómo es vivir en los Valles y le cuenta como es vivir en la ciudad. Como es natural, los dos eligen enumerar los tragos más amargos de sus respectivas existencias y ponderan el día a día del otro.
El proceso tiene su explicación: quince minutos de charla les alcanzaron para separar la cosa de objeto y centrarse en este último. Catalogarlo. Estereotiparlo. Idealizarlo. Inquirirle en base a eso. Adivinar sus respuestas. Repreguntar. Los dos. Casi sin respiro, como un tiroteo.
Al final del viaje, descienden del vehículo y se despiden para siempre. El viajero, de vuelta en el auto, mastica un carajo.
—No le pregunté el nombre —se lamenta, y se lamentará por siempre.
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lunes, 26 de enero de 2009
Alemanía, por Duar
Dos lugareños que mataban el tiempo a la sombra de un horcón le advirtieron, jocosamente:
—Guarda Don, que ahí adentro anda el diablo. A veces se hace un tiempito y se escapa de Buenos Aires —y rieron, sin ganas.
El viajero quiso reír, tuvo el reflejo; pero se detuvo. Recordó las caras sucias y los cuerpitos raquíticos de los niños del pueblo viejo; mendigaban ropa, útiles o moneditas a los que transitábamos el camino. Reparó en los ranchos precarios, las vinchucas, el abandono…
Y se alejó, más amargado que asustado, del remolino, del diablo de Buenos Aires, responsable de todos los males de la tierra y de los valles.
Imagen: Cámara de Diputados de Salta, http://www.camdipsalta.gov.ar/INFSALTA/fotos/alemania1.jpg.
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lunes, 13 de octubre de 2008
Ciudad del Milagro, por Duar
Uno, dos, tres, cuatro…
Almita’i Pollo, menudito, escuálido, morocho y pícaro, se esconde tras los ligustros del viejo Sosa, justo debajo de un pino. Mientras todos procuran escondites rebuscados para perdurar en el juego, Almita elige uno a tiro de donde cuento yo…
Veintisiete –tomo aire–, veintiocho, veintinueve –al treinta casi que lo cuento mientras respiro por la boca, agitado.
El plan, en sí, no es malo. Sabe que voy a salir a buscar a los chicos que rajaron calle abajo; me vio que los espiaba y que no lo vi a él.
Cuarenta y uno, cuarenta y dos –estoy pensando que May se debe haber escondido atrás de los cajones de la verdulería, y la boba de Tania no puede andar muy lejos, si son casi siamesas–, cuarenta y tres…
Almita’i Pollo escucha un chillido que viene de arriba del árbol, justo cuando yo termino de contar. Me doy vuelta y al primero que veo es a él, que viene lívido, con la mirada perdida, como un zombi. Lo pico, cagaste Almita; no parece importarle. Me esquiva a paso cortito, arrastra los pies, y entra su casa sin decir palabra. De la sorpresa, no atino a preguntarle qué le pasa. Los demás también lo ven y salen uno a uno de sus escondites. Quique se va detrás de él y le pregunta qué le pasó, y algo le responde, no se qué, es secreto. Nos vamos todos a dormir, asustados.
Al otro día, el colchón de Almita se orea en el jardincito del frente de su casa. Se meó como un bebé, porque dice que lo chistó una lechuza y que se va a morir, porque así es nomás, cuando un bicho de esos te llama de noche.
Almita’i Pollo, menudito, escuálido, morocho y pícaro, se esconde tras los ligustros del viejo Sosa, justo debajo de un pino. Mientras todos procuran escondites rebuscados para perdurar en el juego, Almita elige uno a tiro de donde cuento yo…
Veintisiete –tomo aire–, veintiocho, veintinueve –al treinta casi que lo cuento mientras respiro por la boca, agitado.
El plan, en sí, no es malo. Sabe que voy a salir a buscar a los chicos que rajaron calle abajo; me vio que los espiaba y que no lo vi a él.
Cuarenta y uno, cuarenta y dos –estoy pensando que May se debe haber escondido atrás de los cajones de la verdulería, y la boba de Tania no puede andar muy lejos, si son casi siamesas–, cuarenta y tres…
Almita’i Pollo escucha un chillido que viene de arriba del árbol, justo cuando yo termino de contar. Me doy vuelta y al primero que veo es a él, que viene lívido, con la mirada perdida, como un zombi. Lo pico, cagaste Almita; no parece importarle. Me esquiva a paso cortito, arrastra los pies, y entra su casa sin decir palabra. De la sorpresa, no atino a preguntarle qué le pasa. Los demás también lo ven y salen uno a uno de sus escondites. Quique se va detrás de él y le pregunta qué le pasó, y algo le responde, no se qué, es secreto. Nos vamos todos a dormir, asustados.
Al otro día, el colchón de Almita se orea en el jardincito del frente de su casa. Se meó como un bebé, porque dice que lo chistó una lechuza y que se va a morir, porque así es nomás, cuando un bicho de esos te llama de noche.
martes, 7 de octubre de 2008
Cachi, por Duar
Cuando la gente anda por los valles tiene la mala costumbre de querer llevarse algo. Algo, alguito, una piedrita o un cáctus, o puntas de flecha, o un pedazo de alfarería, una vasija rota de las que se ven a simple vista desparramadas por el suelo. Al viajero le pasaba lo mismo, desde que era chiquito, viajerito. Le encontró la vuelta de grande: cierta vez, a pocas horas de abandonar Cachi, entrado en un estado de desesperanza y desesperación, decidió que se iba a llevar algunas historias. Así que se cruzó toda la plaza, pasó por delante de los puestos de artesanías, la oficina de turismo, y rumbeó a la Iglesia y al Museo, grabador en mano.Como todavía no era intrépido –estaba a medio cocinar–, necesitó de un impulso final para animarse a tocar la puerta del Padre Alfredo y preguntarle quién sabe qué cosas. Se lo dio ella, que siempre está a su lado –a veces uno o dos pasos adelante–, y juntos completaron la transformación.
Así nació el intrépido y, junto a él, su aversión por las historias perdidas, que gusta de rescatar del olvido con lo que tenga más a mano: anotador, grabador, ojos, oídos…
sábado, 26 de julio de 2008
La Paya del Calchaquí, por Duar
Ando por este valle hermoso
Buscando huellas del olvido
Huellas que no se han de borrar
Porque las pisan los indios.
Bagualas del Tucumán, Tafí del Valle.
Grito en el Cielo, compilado de Coplas y Bagualas de Leda Valladares.
Huellas que no se han de borrar
Porque las pisan los indios.
Bagualas del Tucumán, Tafí del Valle.
Grito en el Cielo, compilado de Coplas y Bagualas de Leda Valladares.
En La Paya los rayos del sol pegaban perpendicularmente en el suelo. Y no tocaban ni acariciaban: pegaban fuerte y dotaban a todo de un contraste extraño, entre colores ocres y sombras negrísimas. O tal vez eran mis ojos que no podían abrirse del todo.
La Paya ya no existe. Hoy en día es ruina de un importantísimo tambo incaico, que incluía una casa morada para el Inca. Estaba comunicada con el imperio por el famoso Capacñam*, que aparece y desaparece como un fantasma al costado de la Ruta 40.
Las grandes rocas que una vez trabaron perfectos pircados son hoy parte de la fachada de la iglesia que le se construyó en la puerta de entrada. Hicieron una iglesia, con las piedras del inca, y la emplazaron bien al frente, a la vista de todos, para que a nadie se le escape que en este valle mandan los blancos. Los buenos. Los limpios. Los trabajadores. Los cultos.
De los otros queda, todavía, mucho. Pateando por La Paya se descubre, sin mucho esfuerzo, alfarería, utensilios y restos de una civilización que pereció en el Gran Genocidio Americano.
*El camino del Inca, che.
miércoles, 23 de julio de 2008
Embarcación, por Duar.
El impenetrable comienza a hacerse notar: a ambos lados de la ruta, el frondoso bosque es solo la fachada que tapa los cañaverales. Imponentes plantaciones de azúcar, con ejemplares de una altura equivalente a tres hombres parados unos encima de otros; tan pegados entre si que hasta al aire que respiramos se le complica para pasar. Impenetrable, lo que se dice impenetrable, son las cañas y las púas y un poco las tranqueras. En realidad lo que atravesamos es la mal llamada zona de Yungas: Güemes, Ledesma, el Parque Nacional Calilegua, luego Pichanal y finalmente Embarcación: Portal del Chaco Salteño, como reza en el oxidado cartel que algún milagro mantiene en pie a un lado de la Ruta 34.
Hacía mucho que no andaba esa ruta. Me acuerdo de chico, a bordo de un Renault 12 que llegaba pidiendo permiso y perdón. Empecé a acordarme con las subidas y bajadas del camino, con el “agarrate el pupo” de mamá. Al pupo hay que agarrarlo porque sinó se te escapa. A mamá se le escapó el pueblo además del pupo; queriéndose escapar ella, terminó volviendo solo para rezar muertos y contarnos como fue: como fue que se perdió todo, como es que casi nada queda.
Hacía mucho que no andaba esa ruta. Me acuerdo de chico, a bordo de un Renault 12 que llegaba pidiendo permiso y perdón. Empecé a acordarme con las subidas y bajadas del camino, con el “agarrate el pupo” de mamá. Al pupo hay que agarrarlo porque sinó se te escapa. A mamá se le escapó el pueblo además del pupo; queriéndose escapar ella, terminó volviendo solo para rezar muertos y contarnos como fue: como fue que se perdió todo, como es que casi nada queda.
jueves, 19 de junio de 2008
Salta, por Duar
Cuando el modesto cartel emplazado al costado de la ruta advierte “SALTA”, uno tiende a desestimar los indicios y seguir despreocupado su camino, cuesta arriba, hacia el portezuelo. Cuando la ciudad estalla con sus trazados luminosos y la sombra de los cerros proyectándose hacia su interior, el viajero entiende todo: Salta es la linda, la más linda, y el oxidado cartel a la vera del camino contiene una advertencia para desoír, para poder ignorarla y que la ciudad nos
sorprenda con su grito orgulloso de existencia. Estoy acostumbrado a intercambiar miradas cómplices con el viejo cartel y dejarme sorprender por Salta.
Cuando bajo, juego a perderme entre los próceres y los garcas que dan nombre a las calles del centro, y a encontrarme con una mirada gracias a las luces del cerro San Bernardo. Me gusta caminar entre los arcos de la calle Caseros, donde germinan a la sombra los despojos humanos que van dejando los Cornejo, Saravia, Romero y Ulloa, en sus eternas alternancias al mando del feudo.
De 2001 a esta parte los inviernos traen a Salta hojas secas y euros frescos, y se puso de moda ocultar cualquier síntoma de revuelta social: los turistas podrían jurar que de noche suenan tiros y corridas en la Plaza 9 de Julio, que amanece limpia cuando había anochecido abarrotada de gente, bombos y pancartas.
sorprenda con su grito orgulloso de existencia. Estoy acostumbrado a intercambiar miradas cómplices con el viejo cartel y dejarme sorprender por Salta.Cuando bajo, juego a perderme entre los próceres y los garcas que dan nombre a las calles del centro, y a encontrarme con una mirada gracias a las luces del cerro San Bernardo. Me gusta caminar entre los arcos de la calle Caseros, donde germinan a la sombra los despojos humanos que van dejando los Cornejo, Saravia, Romero y Ulloa, en sus eternas alternancias al mando del feudo.
De 2001 a esta parte los inviernos traen a Salta hojas secas y euros frescos, y se puso de moda ocultar cualquier síntoma de revuelta social: los turistas podrían jurar que de noche suenan tiros y corridas en la Plaza 9 de Julio, que amanece limpia cuando había anochecido abarrotada de gente, bombos y pancartas.
martes, 10 de junio de 2008
Iruya, por Duar.
Son correcaminos,
Tercos,
Que van hacia el abismo
Como el Rey de los Intrépidos.
Que van hacia el abismo
Como el Rey de los Intrépidos.
Arrancar para el lado de Iruya conlleva una serie de advertencias y presagios que se multiplican cuando se
agrega el condimento de que el viaje se va a hacer en auto. Los que saben, avisan que el camino está lleno de trampas y que no es viaje para hacer en una tarde. Pero el intrépido viajero no se ha hecho la fama por huirle a los retos y a las amenazas.
Y acepta el desafío de Iruya, la sinuosa propuesta del camino que sube y curvea de lo lindo, y regala paisajes de caracoles imposibles, cerros que se desarman en el páramo puneño en arcos que se entierran como las raíces del baobab. El camino a Iruya es cuesta arriba, siempre arriba, y desaparece entre mil huellas que se cruzan, en el lecho de un río pedregoso y agitado, en los ojos inquietos que se resisten a permanecer sobre la ruta.
Y no se espanta cuando ve que Iruya aparece frente a sus ojos, colgando de la montaña, ni al ver que sus pobladores juegan al fútbol en canchas pedregosas, donde la pelota no dobla: se va derecho al abismo y se pierde al fondo de la quebrada.
Pero no abusa de su suerte: llega hasta la explanada de la capilla y gira sobre sus talones hasta apreciar el paisaje por completo. Examina con cuidado la oferta del camino: las calles toscas y pedregosas que siguen subiendo terminan por desalentarlo y regresa por donde vino, con las manos vacías y la sensación firme y persistente de que no ha visto ni comprendido, ni se ha llevado nada: nada de nada.
agrega el condimento de que el viaje se va a hacer en auto. Los que saben, avisan que el camino está lleno de trampas y que no es viaje para hacer en una tarde. Pero el intrépido viajero no se ha hecho la fama por huirle a los retos y a las amenazas.Y acepta el desafío de Iruya, la sinuosa propuesta del camino que sube y curvea de lo lindo, y regala paisajes de caracoles imposibles, cerros que se desarman en el páramo puneño en arcos que se entierran como las raíces del baobab. El camino a Iruya es cuesta arriba, siempre arriba, y desaparece entre mil huellas que se cruzan, en el lecho de un río pedregoso y agitado, en los ojos inquietos que se resisten a permanecer sobre la ruta.
Y no se espanta cuando ve que Iruya aparece frente a sus ojos, colgando de la montaña, ni al ver que sus pobladores juegan al fútbol en canchas pedregosas, donde la pelota no dobla: se va derecho al abismo y se pierde al fondo de la quebrada.
Pero no abusa de su suerte: llega hasta la explanada de la capilla y gira sobre sus talones hasta apreciar el paisaje por completo. Examina con cuidado la oferta del camino: las calles toscas y pedregosas que siguen subiendo terminan por desalentarlo y regresa por donde vino, con las manos vacías y la sensación firme y persistente de que no ha visto ni comprendido, ni se ha llevado nada: nada de nada.
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