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viernes, 27 de marzo de 2009

La Quiaca, por Duar


¿Todo bien jefecito? ¿Así que anduvo por la Puna? Qué gente sacrificada esa… Vivir tan lejos de todo, con esos caminos imposibles, es difícil, ¿eh? Uno llega y se pone a mirar y dice que sí, que es todo hermoso, que podría vivir allí por siempre y que no le importaría el frío que cala los huesos ni el calor que asa la carne; pero la verdad es que al ratito nomás empieza a costar.

Ya marcha otra cerveza, jefe ¿No le gusta el morrón? Quizás le encuentre un gusto raro a la pizza, está hecha con quesillo de cabra, cabras del lugar. Y las milanesas de llama de anoche, ¿cómo estuvieron? Bueno, a esas las traen de ahicito, habrá visto la cantidad de animales que hay. Crían las llamas y las vicuñitas, ahora que se pueden comerciar; vale cualquier plata esa lana.

¿Y llegó bien? ¿No se le complicó con las lluvias? Llovió en toda la Puna y los caminos deben estar imposibles, pero claro, ustedes van en la camioneta. Seguro que creían que la Puna era sequísima y que se iban a cansar de tragar tierra. La gente no conoce… ¿y sabe por qué los que viven allá se quedan, a pesar de todas las penurias? Están haciendo patria, pues.
¿Otra porción, jefe?

lunes, 2 de marzo de 2009

San Antonio de los Cobres, por Duar

Como si fuera parte de un odioso y desesperado rito que busca conjurar el tedio de las siestas, los chicos de San Antonio tienen por costumbre abordar a cuanto turista ven bajar del auto, atolondrado por los efectos de la Puna, en la estación de servicio o la hostería del pueblo.
El viajero conoce de memoria este ritual, y se entrega a él encantado.
—Galletitas —pide ella y pone su mejor cara de angelito: los ojitos achinados y sonrisa de dientes blanquísimos, ancha debajo de los pómulos.
—Recién le regalé un paquete a tu hermano, ¿no te convidó?, ¿dónde está? Traelo que lo hacemos cagar.
—No me ha dado, es malito —y otra vez pone esa carita de ji-ji-ji, esa risa deliciosa que suena como un cascabel.
¿Y qué otra cosa puede hacer uno –se pregunta el viajero–, más que darle las galletas, la coca y algunos caramelos? Únicamente pedirle que no sea mala, que le convide a su hermano o la va a tener que levantar por los talones y ponerla boca abajo hasta que devuelva todo lo entregado.

viernes, 23 de enero de 2009

Puna catamarqueña, por Duar.

Juntás dos de estas piedras y las golpeás entre si y hacen tin tin, como si fueran metálicas. Cuando se agrupan de a millones a ambos lados de la ruta forman una especie de espejo gigante, capaz de reflejar con precisión la caprichosa figura de los cerros. Sobre ellas no camina nada, más que las pesadas orugas de las topadoras y las empecinadas y maltratadas ruedas de nuestro auto, que ya nunca serán las mismas.

Se diría que en tal lejanía el aire es puro y fresco, por la altura, pero se concluye, por lo antes expuesto, que los metales de las piedras funcionan como captadores de energía y hacen al calor insoportable; el viento es fuerte y seco y re caliente. Se podría agregar, además, acaso temerariamente, que es imposible que al lado de la ruta correteen libres unos ñandúes, que qué van a comer en aquél páramo y que seguramente estamos delirando como cuando veíamos agua a lo lejos, esos espejismos.

Se sorprende uno en los primeros minutos de camino, se asombra aún más por la continuidad del paisaje hasta que, ya harto, cansado y hervido, pide por dios que se termine.
Sólo para bajar a un valle, reencontrarse con el agua y extrañar con desesperación aquél lugar que la más fantástica imaginación no habría podido dibujar jamás y que dejaba correr nuestros pensamientos tan libres, tan peligrosamente libres…

martes, 10 de junio de 2008

Iruya, por Duar.

Son correcaminos,
Tercos,
Que van hacia el abismo

Como el Rey de los Intrépidos.


Arrancar para el lado de Iruya conlleva una serie de advertencias y presagios que se multiplican cuando se agrega el condimento de que el viaje se va a hacer en auto. Los que saben, avisan que el camino está lleno de trampas y que no es viaje para hacer en una tarde. Pero el intrépido viajero no se ha hecho la fama por huirle a los retos y a las amenazas.

Y acepta el desafío de Iruya, la sinuosa propuesta del camino que sube y curvea de lo lindo, y regala paisajes de caracoles imposibles, cerros que se desarman en el páramo puneño en arcos que se entierran como las raíces del baobab. El camino a Iruya es cuesta arriba, siempre arriba, y desaparece entre mil huellas que se cruzan, en el lecho de un río pedregoso y agitado, en los ojos inquietos que se resisten a permanecer sobre la ruta.

Y no se espanta cuando ve que Iruya aparece frente a sus ojos, colgando de la montaña, ni al ver que sus pobladores juegan al fútbol en canchas pedregosas, donde la pelota no dobla: se va derecho al abismo y se pierde al fondo de la quebrada.

Pero no abusa de su suerte: llega hasta la explanada de la capilla y gira sobre sus talones hasta apreciar el paisaje por completo. Examina con cuidado la oferta del camino: las calles toscas y pedregosas que siguen subiendo terminan por desalentarlo y regresa por donde vino, con las manos vacías y la sensación firme y persistente de que no ha visto ni comprendido, ni se ha llevado nada: nada de nada.