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viernes, 23 de enero de 2009

Puna catamarqueña, por Duar.

Juntás dos de estas piedras y las golpeás entre si y hacen tin tin, como si fueran metálicas. Cuando se agrupan de a millones a ambos lados de la ruta forman una especie de espejo gigante, capaz de reflejar con precisión la caprichosa figura de los cerros. Sobre ellas no camina nada, más que las pesadas orugas de las topadoras y las empecinadas y maltratadas ruedas de nuestro auto, que ya nunca serán las mismas.

Se diría que en tal lejanía el aire es puro y fresco, por la altura, pero se concluye, por lo antes expuesto, que los metales de las piedras funcionan como captadores de energía y hacen al calor insoportable; el viento es fuerte y seco y re caliente. Se podría agregar, además, acaso temerariamente, que es imposible que al lado de la ruta correteen libres unos ñandúes, que qué van a comer en aquél páramo y que seguramente estamos delirando como cuando veíamos agua a lo lejos, esos espejismos.

Se sorprende uno en los primeros minutos de camino, se asombra aún más por la continuidad del paisaje hasta que, ya harto, cansado y hervido, pide por dios que se termine.
Sólo para bajar a un valle, reencontrarse con el agua y extrañar con desesperación aquél lugar que la más fantástica imaginación no habría podido dibujar jamás y que dejaba correr nuestros pensamientos tan libres, tan peligrosamente libres…

martes, 30 de septiembre de 2008

El Shincal de Quimivil, por Duar

Dicen que fue una ciudad, una importante además. Todavía es. Queda a pocos kilómetros de la Londres catamarqueña: San Juan Bautista de la Ribera de Londres, Catamarca, de verdad. La desenterraron unos arqueólogos que, además de dejarla linda para que la visiten los viajeros, cuentan su historia, que es como las que les gustan a los intrépidos.

Que por la aukaipata pedregosa del Shincal se pasean a diario sombras de ausencia. En los días buenos, flotan recuerdos orgullosos de un esplendor lejano. También tienen sus días tristes: entonces los lamentos que exhalan marchitan los sunchos que se desparraman por el valle y llenan de escalofríos a quienes por ahí transitan.

El río corre como entonces, por épocas, y lleva en su cauce lágrimas y metales pesados, secuelas de la derrota histórica. La de Juan Chelemín, ahorcado y descuartizado en plena plaza. La de las minas de cielo abierto que exprimen a Catamarca su mineral más precioso, que no es el oro sino el agua.

Foto: vano de una kallanka del Shincal, perteneciente a licor de mandarina, en flickr.

viernes, 4 de julio de 2008

San Fernando del Valle de Catamarca, por Duar

La fiesta entraba limpia y clara por el balcón del cuarto piso del Ancasti. Las narices pegadas al vidrio se resignaban a esconderse bajo el percal de 180 hilos de las sábanas del hotel.

Una agitada y por demás breve tarde los había paseado por todo lo que hay para ver en San Fernando del Valle de Catamarca y alrededores; la habían caminado al ras, al calor de la siesta: las calles angostas, los amplios portones y las vidrieras del centro. La habían visto de arriba, trepando por el Portezuelo, mientras el sol se escondía detrás de los Andes.

Ahora, que la podían disfrutar de verdad, la apretada agenda del viaje al Norte les imponía otra realidad. Y se les escapaba la gente y la fiesta en la plaza.

Pero llegaron los amigos en banda y gritaron, agitando los brazos desde la vereda.
Y mientras daban las doce, con el sol iluminando algún punto del Pacífico, descubrieron que la noche de Catamarca era demasiado joven para morir.