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martes, 19 de agosto de 2008

Intihuasi, por Duar

La gruta de Intihuasi es una caverna natural situada en las serranías de la provincia de San Luis, en el centro de Argentina. Se llega esquivando los baches de la ruta que la une con la capital provincial, una cinta que ni demarcada está, pero te deja justo en la entrada. Una vez que entrás, sos oficialmente un hombre de las cavernas. La gruta te provee de cobijo en las tormentas y refugio contra depredadores, que son nada menos que feroces tigres de dientes de sable.

De esto no había noticias hasta que Ameghino anduvo por ahí excavando; recién ahí se supo algo. Después fue Rex González, apasionado por las crónicas de Ameghino, y confirmó sus sospechas: que la cueva rebalsaba de historia grande, como la llama Kusch, y de historias mínimas. Excavó un poco y publicó que la cueva tenía restos de actividad de, por lo menos, seismil años atrás. Cerró los ojos y se imaginó al hombre que recién comenzaba a pensar el mundo y se asustaba; el mundo lo agredía y el se defendía como podía. Para eso se asociaba con otros hombres y creaba las primeras herramientas.

Yo lo leí a Alberto y me mandé para San Luis sin pensarlo. Recorrí la cueva de pe a pa y no encontré vestigios de actividad humana.

-Todo lo que había acá se lo llevaron para La Plata- me explicó el señor que cuida la entrada.

martes, 10 de junio de 2008

Iruya, por Duar.

Son correcaminos,
Tercos,
Que van hacia el abismo

Como el Rey de los Intrépidos.


Arrancar para el lado de Iruya conlleva una serie de advertencias y presagios que se multiplican cuando se agrega el condimento de que el viaje se va a hacer en auto. Los que saben, avisan que el camino está lleno de trampas y que no es viaje para hacer en una tarde. Pero el intrépido viajero no se ha hecho la fama por huirle a los retos y a las amenazas.

Y acepta el desafío de Iruya, la sinuosa propuesta del camino que sube y curvea de lo lindo, y regala paisajes de caracoles imposibles, cerros que se desarman en el páramo puneño en arcos que se entierran como las raíces del baobab. El camino a Iruya es cuesta arriba, siempre arriba, y desaparece entre mil huellas que se cruzan, en el lecho de un río pedregoso y agitado, en los ojos inquietos que se resisten a permanecer sobre la ruta.

Y no se espanta cuando ve que Iruya aparece frente a sus ojos, colgando de la montaña, ni al ver que sus pobladores juegan al fútbol en canchas pedregosas, donde la pelota no dobla: se va derecho al abismo y se pierde al fondo de la quebrada.

Pero no abusa de su suerte: llega hasta la explanada de la capilla y gira sobre sus talones hasta apreciar el paisaje por completo. Examina con cuidado la oferta del camino: las calles toscas y pedregosas que siguen subiendo terminan por desalentarlo y regresa por donde vino, con las manos vacías y la sensación firme y persistente de que no ha visto ni comprendido, ni se ha llevado nada: nada de nada.