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viernes, 3 de octubre de 2008

San Antonio Oeste, por Duar


Me es difícil dejar de pensar que San Antonio Oeste es un cementerio gigante, una ciudad-cementerio, una necrópolis. Ni las fotos de la Secretaría de Turismo, imágenes de playas tranquilas y soleadas, llenas de chicos chapoteando en el agua, pueden borrar recuerdos...

… de calles polvorientas y casas de madera y de chapa, con sus paredes descascaradas, siempre viejas y humildes; y todo el marco gris que el cielo, el suelo y el agua formaban aquella vez que anduve por allá.

… del playón de la estación, el cementerio de trenes. Donde se acumulan como juguetes viejos, como si se hubieran arrastrado hasta allí para dejarse morir, formaciones completas de todas las épocas: vagones de madera, livianos y llenos de agujeros, y de acero, pesados y oxidados, como atacados todos por la misma viruela.

Cómo será de fulera la cosa, que hasta en el acceso a la ciudad, sobre la ruta 3, hay expuesto, a modo de advertencia, un coche destruido: a ver si te avivás, gil, que si no andás con cuidado por la ruta vas a terminar en San Antonio Oeste, como todo lo que termina acá.

viernes, 12 de septiembre de 2008

Puerto Madryn, por Duar


Ser un completo extraño en una ciudad completamente extraña para uno. Dijo el Intrépido a Madryn: “mucho gusto, con tu permiso” y se dedicó a caminarla a lo largo de toda la tarde. Charlaron los dos, en un día muy soleado para la playa y demasiado ventoso para la sombra. Le leyó un poco de Argumedo y le convidó a Bunbury desde el mp3. Puerto Madryn, por su parte, le regaló paisajes de aguas claras y tranquilas y una vista de la ciudad desde mar adentro, desde el fondo del puerto.

Las aguas de Madryn son mansas y claras porque las ataja el Golfo Nuevo. En esa calma reposan las ballenas francas durante medio año, dedicadas al amor y al jugueteo y al jugueteo del amor entre los botes de alquiler y los lujosos transatlánticos.

La vista de la ciudad desde el agua y las ballenas son todo lo que el turista quiso ver. El intrépido se aventuró más allá: quiso e intentó averiguar, infructuosamente, qué se escondía detrás de las casas grises, más allá de la costanera. Tragó mucha arena antes de resolver el enigma.

Encontró la respuesta en los obreros y las doncellas que respectivamente construyen y atienden los hoteles de la ciudad. De ellos anotó en su cuaderno: “Vienen de muy lejos, muy al norte. Llevan años trabajando acá. Jamás vieron una ballena”.

viernes, 11 de julio de 2008

Valcheta, por Natalia

Cacas de moscas dibujaban vías lácteas en la vidriera. En la del almacén adonde su padre comerciaba fiambres con un hombre panzón. El rebusque del viajante que sale de la capital a los pueblos los días sábados.

Llegado el momento, olfatearía la caja con galletitas sueltas bañadas en chocolate.
Era la esperanza de los viajes polvorientos entre olor a mortadela y gasoil.
En uno de esos, ella manejaría por primera vez. Y los registros dicen que no hubo alguna otra.
Ante la propuesta se animaría. Claro, no iba a ser cobarde ante el jefe. Pero cuando en la cabina tendría el control en sus manos... Presentiría las toscas bajo las ruedas y los cachetes de culos apretados al otro lado de la palanca...
Las respiraciones que ararían surcos en la tierra suspendida...
Todo dependió de sus manos. Y no quiso más.
Se fue para el costado aleteando por encima de otras seis piernas. Dicen que no tuvo que usar la sonrisa.
Asi fue que se conformó con lo que tenía más a mano.
Cerca del mediodía tocaba visitar al señor en camiseta que vendía las galletitas más ricas que todo.

A cuatro manos las dos.
Las gargantas atascadas por el picoteo.
Y en la vereda que el viento las alcanzaba por los pelos y les dejaba semillitas entierradas.
Sólo la grasa vacuna de aquella salsa marrón suavizaba. Claro, a veces. Cuando tocaba la parte de la galletita con el chorreón.

martes, 24 de junio de 2008

Viedma, por Natalia


Yo que lloraba porque quería ir a la escuela un día de lluvia.
Y mi mamá que lloraba porque yo no tenía campera para ir a la escuela un día de lluvia.

Pero respiró hondo los mocos. Se subió a una silla y sacó una caja de arriba del ropero. Salí para la escuela con el ponchito de lana marrón que picaba en el cuello y que tenía dos borlitas que le colgaban.

Asi que ese fue mi primer contacto con el capitalismo. Cuando en los inicios del menemato viviamos los seis en una piecita por dos mangos. Recién llegados los seis a Viedma, desde Real del Padre, un pueblo rural de Mendoza.

Ese día mis compañeros algo deben haber dicho, pero yo me sentía de lo más contenta porque la seño me subió a upa. Yo los miraba desde arriba y ella les dijo que yo tenía ponchito porque no era de Viedma. Que yo era de un lugar donde se usaban los ponchitos.

Pobre mi mamá, que no entendía de exotismos.