Postal de Santiago, la estación envuelta en sol. El olor a siesta. El paisano que visita su pago ya presto a regresar al exilio que la pragmática impone.
La señora me cuenta que es enviada de Dios. Que a través Suyo presiente el futuro. Una madrugada previó en sueños que su hijo iba a morir en un accidente, y así fue nomás. Otra vez se enteró antes que el médico que su cuñado había enfermado. Cáncer de páncreas, el diagnóstico.
El tren se detiene y ella baja presurosa en búsqueda del saludo de los suyos. De los que quedan. De quienes Dios aun no ha dado noticias. Ni tomado nota.
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lunes, 9 de febrero de 2009
martes, 27 de enero de 2009
Santiago del Estero, por Duar

Necesito imperiosamente ver estrellas. Es una noche clara y fresca, cantan los grillos y croan las ranas. El viento mueve las copas de dos jóvenes y muy altos álamos que planté, hace varios años ya, en el fondo de casa. Es una noche bella, sin dudas, pero no alcanzo a ver estrellas. Me llamo a ser honesto: veo algunas. Varias. Muchas. Y escucho el ladrido de los perros a la distancia. Pero las luces de la ciudad se ríen del tenue brillo del firmamento, se creen omnipotentes y lo ocultan a los ojos de los insomnes como yo; ignoran que es como pretender eclipsar al sol con un dedo.
Pero quiero el cielo de una noche estrellada en Santiago. Allá no cuesta ni un poco ver el silencioso espectáculo del cosmos. Difícil es apreciar el telón oscuro que el cielo les ofrece de fondo. Y cuando aparece la luna y recorta además un paisaje de monte –la figura espinosa de los quebrachos– pierde uno la esperanza de encontrar otra noche como esa y se entrega a la triste rutina de extrañarla para siempre.
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