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lunes, 2 de febrero de 2009

Mar del Plata II, por Juanito

Caminamos unas pocas cuadras de ranchos y descampados, grito de realidad entre esos dos mundos inciertos que resultan Bosque y Mar. Andamos ese equívoco sendero de silencios, inquietudes, caricias y -por qué no- alguna chanza, inventando un espacio de palabras a veces suaves, a veces pícaras y escurridizas, que jamás resignarán vigencia.

En eso le -y me- pregunto cómo puede ser que le guste ese olor a mezcla de pescado podrido y azufre. Me entrega una mirada que es en sí misma una razón. De todos modos, agrega: Me recuerda que estoy lejos de casa.

miércoles, 27 de agosto de 2008

Villa Gesell II, por Duar

Al intrépido le calzaron un cascabel al cuello y quedó para siempre domesticado. De a poco, alternativamente disfrutando y sufriendo sabores y sinsabores de ya no ser uno, le fue tomando el tiempo a la vida de casado.

Así abandonó el desafío a los sentidos que le proponía el agreste paisaje del Norte y se dejó llevar a las playas del sur, a vacacionar como pequeño burgués.

Juntos, gato y cascabel, encontraron la forma de hacer coexistir gustos y disgustos que marcaban a priori diferencias irreconciliables. Pensaron que el amor era un juego dialéctico y hallaron la síntesis perfecta en las picadas de Toby’s. Y en las pizzas de Toby’s. Y en las increíblemente deliciosas cervezas que sirven en Toby’s, que nunca fueron menos de tres.

Al intrépido lo privaron, esa noche, del premio. Al volver al departamento, le birlaron el postre.

-Me debe haber caído mal el agua, perdoname. Y hasta mañana.-

viernes, 8 de agosto de 2008

Villa Gesell, por Juanito.

-¿Golpearon la puerta?- El narigón, ya entrado en copas, dudaba de la eficacia de sus sentidos.

Sin dar tiempo a que le contestasen, abrió. Y apareció Alicia. Con un porro en una mano y un whisky en la otra. Y una pinta de haber estado castigándose desde temprano que ni les cuento. Por unos segundos sólo se escuchó el cansino aleteo de un ventilador de techo que advertía estar en sus últimas. El reflejo de la luz de un auto que pasaba afuera le iluminó el rostro, desencajado, duro.

Subestimando la siniestra imagen, hicieron pasar a la visita y la invitaron a la mesa creyendo que podrían divertirse a costa suya un rato, hasta acabar las botellas y partir de joda.

Pero uno no se ríe de Alicia, Alicia se ríe de uno. Y cuando ella se ofreció entera y ellos la rechazaron entre burla y carcajada, desataron su ira. Concentrada, casi poseída, se volvió a vestir y regresó a su casa en este barrio de la otra Gesell, la escondida, pero no sin antes, en una lengua extraña, dejar caer una conjura sobre los que se habían hecho los vivos.

Volvieron del boliche entrada la mañana, ojerosos y desalineados. No terminaron de pisar el comedor que notaron que alguien había estado ahí, y que sus pertenencias ya no.

Corrieron furiosos hasta lo de Alicia que ahora, convertida en toda una dama, tendiendo lenta, hipnóticamente la ropa, se limitaba a negar con la cabeza, haciendo como si no los conociera.

jueves, 10 de julio de 2008

Mar del Plata, por Juanito

Tengo la clave para disfrutar Mar del Plata: andarla a contramano.

Evitarla en enero y en lo posible no sondear el centro. Pasar los días respirando el infinito Bosque Peralta Ramos y asomarse a las playas del sur recién cuando anochece y presentan una cara renovada, siempre virgen otra vez.

Nada de casinos ni boliches ni centros comerciantes. Mate, reposera y lluvia. Silencios.

¡Atención! Los silencios de Mar del Plata se contentan de ser escuchados y susurran una ciudad surrealista sólo a los privilegiados que le escapan al barullo turístico. Conozco un médano fantasma donde sucede; también a pies de un pino en calle Atahualpa. Abundan esos pequeños templos, se encuentran con sólo intuir que existen.

viernes, 27 de junio de 2008

Valeria del Mar, por Duar.

Pedro soñaba con los pies metidos en el mar. Mientras el vaivén de las olas le enterraba los dedos en la arena, él soñaba. Los pies se enterraban en Valeria y la cabeza le volaba por San Juan, por el Norte, por el Sur. Pedro siempre sueña y esa es su mayor virtud. La segunda es hacer todo lo posible para cumplir todos esos sueños. Pé hablaba mientras se hacía de noche, y nosotros lo escuchábamos entre el silbido del viento y el romper de las olas en la lejanía.

Pedro, soñador de sueños imposibles, pescador de hazañas, decía que quería ponerse un hotel en algún lado; un hotelito donde pudiera trabajar mientras lo disfrutaba. Hablaba de préstamos y sociedades, de la factibilidad del negocio. De un hotel de arena que no se volaba con el viento, porque estaba hecho de trabajo y de alegría.

Ju y yo lo mirábamos encantados hasta que, asustados, volvimos a cruzar las miradas, porque los sueños de Pedro comenzaban a tomar forma y se dibujaban con trazos dorados en el horizonte. Flotaban como hologramas, con total naturalidad y a la vista de todo el mundo.

Sus vecinos, más acostumbrados, sólo atinaban a negar con la cabeza y pensar “¡cómo sueña este muchacho!”.