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viernes, 2 de enero de 2009

Ignacio Correas, por Duar

A él estaban a punto de caparlo, sin más, mientras nosotros nos tomábamos todo el sol que el nuevo amanecer nos regalaba. De un lado del alambrado, el terror del bicho, acosado por el patrón y los peones a la caza de su virilidad. Del otro, nosotros, sentados en el todavía húmedo suelo de la chacra.
El ternero resistió todo lo que pudo; al final lo enlazaron y lo redujeron mediante una polea improvisada sobre uno de los postes del corral. Así lo fueron llevando hacia las cuerdas hasta dejarlo inmóvil y agitado, justo en frente de nosotros. Con sus últimas fuerzas, asomó la cabeza entre los hilos de alambre, abrió grande el morro y emitió un desesperado quejido, a apenas unos pasos de donde contemplábamos nerviosos, justo a la altura de nuestras cabezas.
Yo, impávido. Ella, morbosa, no pudo contener un comentario:
—Lengua a la vinagreta... —dijo, estirando las e, en clara actitud de entrega.

viernes, 31 de octubre de 2008

Timbúes, por Juanito

Sobran testigos de su entusiasmo previo. Lo disfrutó de antemano. Cada prenda o utensillo que guardaba en el bolso lo transportaba apresurado al goce que le proporcionarían dos días al aire libre.

Esa semana no habló de otra cosa que no tenga que ver con el camping. Proyectó perfectos amaneceres de pesca en las feroces aguas del Carcarañá, gloriosas tardes de fútbol, inolvidables noches de cervezas y mujeres y más cervezas.

Pero Timbúes le dio vuelta la cara: le entregó canchas en pendiente y que la barranca está peligrosa para andar pescando y duchas en reparación; y si querés compartir una copa con alguna dama, a ver si podés metido entre dos millones y medio de mosquitos por metro cúbico y una tormenta de ascendencia tropical. ¡Ah! Me olvidaba: tu carpa está inundada, por no decir que la crecida del río la pasó por encima.

No aguantó ni veinticuatro horas. Entre dolido y resignado, sucio, empapado y sin dormir, juntó sus cosas como pudo y dejó tallado con una llave en cada árbol del lugar: “No vengo nunca más”.

lunes, 29 de septiembre de 2008

Casilda, por Juanito

El tipo llegó a Casilda y se adueñó. Caminó sus calles, agotó sus vinos, saboreó sus carnes, entonó sus chamamés, injurió a sus mujeres. Despertó más odios que amores, y esa noche recurre a su conciencia como emblema de un oscuro pasado.

Aun hoy en las peñas evocan aquella en la que terminó ciego, transportado, bajo el eje delantero de un Falcon verde. Los resabios de su dolor todavía infectan la vera de la ruta, los pasillos de la Facultad de Veterinaria y la ética ciudadana. Recuerda y llora. Recuerda y muere.

Despertó en la Terminal, despojado de memoria y -por carácter transitivo- de humanidad. Atravesado por una intensa dualidad existencial, apretó con fuerza el boleto que algún bueno había metido en el bolsillo de su pantalón, tragó saliva y dispuso, una vez más, su regreso.

sábado, 13 de septiembre de 2008

Rosario II, por Juanito

¿Cuál es el sentido de arreglarlo?, si en una semana, dos a lo sumo, con la próxima tormenta, volverá a estar como ahora, sino peor..., reflexiona el burócrata, de mal día, desde la ventana de la oficina.

El maquinista no entiende razones y sigue trabajando, dale que te dale con su pala mecánica, y su tronar insulta a todo el barrio.

¿Qué estarán haciendo estos?, se pregunta el pescador urbano que, a falta de metálico, le arranca sus vituallas a la desembocadura del arroyo Ludueña.

El tiempo no parece funcionar en Zona Norte. Todo es presente, pasado y futuro, un remolino indescifrable de coordenadas difusas y cansancio y políticas a la vez antiguas y novedosas.

¿Cuál es el sentido, entonces?, reflexiona el burócrata, si en una semana, o un mes a lo sumo, con la próxima tormenta, volverá a estar como ahora, sino peor...

miércoles, 10 de septiembre de 2008

Fighiera, por Juanito

Muchas motos y más bicicletas merodeaban incesantes alrededor de la plaza de Fighiera, que como sucede en cada pueblo argentino, está cercada por la Municipalidad, la escuela y la capilla.

Una Navidad más ahí, pero es la última que voy a misa, advertí. Los venticuatro-de-diciembre funcionaban como el último y delgado hilo que me ligaba a la Iglesia. El próximo pasaría directo a la cena familiar, sin simulacro religioso mediante.

Más o menos lo de siempre: todos felices, todos sonrientes, todos amigos. Como si nadie tuviese la culpa de nada, diría Mafalda.

Diferente era el cura: jovencito, mirada profunda, barba descuidada. Recién llegado desde vaya a saber uno dónde, le tocaba la complicada misión de reemplazar a un párroco cuyo discurso había conformado durante años la conciencia de la feligresía.

En el templo, un nervioso murmullo evidenciaba la lógica expectativa que devino de la novedad. Pero de arranque se anularía toda posibilidad de idilio: a la hora del sermón tuvo el atrevimiento de denunciar las desigualdades sociales del país, en un día que debería ser pura alegría, rezongaron escandalizadas las señoras.

miércoles, 6 de agosto de 2008

Chascomús II, por Duar


Ángel se calzó su chaleco térmico y apretó fuerte los cordones de sus abrigados zapatos de cuero. Alisó su pelo, se colgó los anteojos y revisó los implementos para la faena: las lombrices, cuidadosamente seleccionadas entre las que abundan en los canteros del patio; caña y riel, facilitados por el vendedor que se acercó con su accesible plan de pagos; anzuelo, cuchillo, teléfono y demás enseres.

Chocho el hombre con la visita de su hija y su yerno desde La Plata. Todo presto para divertirse de lo lindo viéndolo al susodicho lanzando la línea a las tranquilas aguas de la laguna.

Ni bien salieron de la casa se enfrentaron con el rigor del viento y la llovizna pero, tenaces, bien dispuestos, enfilaron hacia el muelle. Ahí, padre e hija explicaron el procedimiento al neófito acompañante; acto seguido le endilgaron la responsabilidad y se frotaron las manos ante el inminente fracaso, con papelón incluido, del yerno.

Las cosas se dieron más o menos como preveían: el susodicho no terminó lastimado gracias a la providencia, pero sus toscos movimientos e inseguridad los habían muñido de una buena cantidad de anécdotas para la vuelta. Ahora, de pescados, ni noticias.

Ángel, el suegro, no se mostraba sorprendido: tiempo después confesó que fue suyo el silencioso y providencial silbido, que ordena a los peces aparecer o esconderse, según amerite la ocasión.

sábado, 2 de agosto de 2008

Roldán, por Juanito

A pesar de la tenaz insistencia de sus cofrades, el dueño de las riendas consideró que el perrito debía quedarse abajo, así como estaba, zigzagueando con audacia entre las ruedas del sulky que se dirigía a toda velocidad hacia el mercado.

Saliendo de la quinta, tomaron por la segunda calle de tierra hacia la izquierda. Por ahí avanzaron hasta toparse con un eucalipto solitario, y enfilaron hacia donde se veían unas chozas a medio construir o a medio desplomarse. Al llegar a ellas, según les habían dicho, se asomaría Roldán en el horizonte.

Al pecoso se lo veía especialmente preocupado, revisando a cada instante que los reflejos del can siguieran asegurándole la existencia.

-Va a estar bien...- lo tranquilizaba el chofer.

Y estuvo bien, hasta que no estuvo más. Los castigados caminos de la zona le jugaron una mala pasada al animal: cayó en un pozo demasiado profundo para sus patas amarretas y la pesada rueda del carruaje no lo perdonó. Entregó un agónico chillido, una mirada desesperanzada y salió disparado, desapareciendo para siempre entre las malezas de un terreno baldío.

Los muchachitos, en silencio, pegaron media vuelta, jurándose que jamás se mencionaría el asunto.

viernes, 25 de julio de 2008

Cañada Rosquín, por Juanito

Cañada Rosquín es uno de esos pueblos que en un principio giraron alrededor del ferrocarril, después alrededor la industria, y que ahora ya casi no giran más, a excepción de los sojistas, que de tanto girar se marean.

Nunca pude sentirme parte del lugar. Las desconfiadas miradas de los locales me aseguraban que podría permanecer allí meses, incluso años, que jamás saldría de mi situación de extraño, hasta de intruso.

Así que decidí recluirme jornadas enteras dentro de los confines del Hotel de la Cañada, manejado por Neder y Héctor, alguna vez forasteros como yo, pero que asombrosamente habían logrado -quizá sin proponérselo- incorporarse al paisaje rosquinense sin desentonar.

Comencé siendo una simpática visita, pero al poco tiempo me convertí en un estorbo difícil de despertar y que pedía sandwiches de salame y queso a cualquier hora. Sospecho que si no me echaron fue gracias a mi generosa promesa de todos los días: “mañana limpio la pileta”.

miércoles, 16 de julio de 2008

Torquinst, por Duar.

Eran unos pendejos de mierda, lindos –lindísimos-; de lo más educaditos los soretes. Él siempre limpio, peinado raya al costado, cinturón y camisa por dentro del pantalón; ella, la típica princesa: dos trencitas, vestido floreado y zapatos negros.

Cuando las vacas los vieron venir pensaron de inmediato: Qué pendejos de mierda. No les importó lo pitucos que estaban; sospecharon de la actitud pícara, de la sonrisa maligna que escondían.

Pero no tenían como escapar, siquiera defenderse: estaban apelotonadas en un camión jaula, estacionado a la sombra, en el playón de una estación de servicio, allá en Torquinst.

Y los chotitos juntaron piedritas –piedritas chiquitas, como las que cabrían en manos chiquitas-, y las arrojaron al camión jaula –a las vacas.

Las vacas hicieron una estampida. Que, encerradas en un camión jaula como estaban, significa que se apretaron medio centímetro más contra el extremo opuesto del acoplado, opuesto a donde estaban los jodiditos.

Pero una vaca, que no era más vieja pero si un poco más viva que las demás, la vio venir a la mamá y se tranquilizó. -Enhorabuena -pensó, quizás. Porque enseguida la mamá les dijo a los pendejitos que la esperen, que se iba a buscar una soga para atarlos a un árbol y cagarlos bien a pedraditas.


Y no, no tengo foto :)

lunes, 23 de junio de 2008

Granadero Baigorria, por Juanito

Consideró que disponía de unos segundos para pensar el próximo movimiento. Levantó la vista, agudizó la mirada en busca de un compañero libre, y le pegó fuerte a la pelota, que cruzó el cerco que delimita los dominios de la Liga Baigorriense y dio a parar junto a las patas chuecas de una inmutable vaca que, a falta de pastura, lamía una lata vacía de duraznos en almíbar en el rancho lindero.

Insultos, resignación, alguna carcajada desde afuera de la cancha. Mano Negra FC pierde 3 a 0, en una nueva demostración de “fútbol caos”.

Pero a él le pareció descifrar una burlona sonrisa disimulada en el rostro extraviado del raquítico animal. Fuera de sí, cruzó los límites del campo de juego y saltó el alambrado ante los atónitos pibes sentados a puertas de la ajada tapera. Lejos de atinar a detener al invasor, permanecieron quietos, atentos, expectantes.

- ¡Vaca de mierda! ¿De qué te reís?

Los alaridos -que enmascaraban algo de llanto- poco alteraron la indiferente actitud de la vaca, que ahora dejaba la lata de duraznos al advertir una cáscara de banana a metros del despoblado gallinero.

Hecho el descargo, pegó media vuelta, presto a regresar. Desde la lejanía, se asomaba una inconfundible tarjeta roja.


jueves, 29 de mayo de 2008

Funes, por Juanito

Me topé por primera vez con lo crudo del capitalismo cuando mis abuelos decidieron vender nuestra casa de Funes. Porque en la escritura habrá figurado a nombre de mi nono, pero era nuestra, de toda la familia.

Años han pasado, pero mucho pende aún de Funes.

Funes son los mimos de mi abuela. Son las calles de tierra que rara vez sienten el pisoteo de un auto. Es tener que recorrer dos kilómetros con la única compañía de la vía del tren cada vez que se necesita algo del almacén del pueblo. Funes es aprender a andar en bici, quedarse despierto hasta tarde y hacerle goles a mi viejo, el mejor arquero del mundo.

El futuro llegó a Funes, despachando al tren, a las calles de tierra, a los dos kilómetros, al almacén.

Por mi lado, me quedan los mimos de mi abuela, y el fútbol con mi viejo, aunque ahora me cuesta mil veces más hacerle un gol, y eso que ha caído varios puestos en el ranking.

viernes, 23 de mayo de 2008

Rosario, por Juanito

Al menos un hombre lloró esta mañana en Rosario: se llama Daniel, es medio petiso y vive en la calle.

El frío matinal se reflejaba perfecto en un charco de agua acumulada en la bocacalle de la esquina de Rioja y Alvear.

Quizá lloraba porque llovía, y se mojaba; talvez a pesar de ello.

Me paré a esperar el 102, el mismo desvencijado e impuntual que cada día me lleva al trabajo.

- ¿Tiene hora, señor?- me preguntó.

Puede que llorase por el pasado, pero no podría descartar que fuera por el futuro, o el presente.

- Las seis y media- respondí levantando un poco la voz para hacerme escuchar entre el murmullo de una ciudad que empezaba a moverse.

- Muchas gracias.

Sacó una hoja de papel prolijamente doblada del bolsillo, y lo poco que quedaba de un lápiz. Se secó una lágrima con la manga de su saco, y comenzó a escribir:

“Cómo te extraño, María…”

No pude ver como seguía, había llegado mi colectivo.

Chascomús, por Duar.

El paseo por Chascomús tiene sólo un par de citas obligadas; el resto es para echarse panza arriba. Es así nomás: hay que pasar por la Plaza; que tiene la Catedral, el Teatro y la casa de los Alfonsín. A lo sumo la vieja estación o la iglesia de los negros.

Chascomús, cuna de orgullosos federales. Los Libres del Sur muestran sus tradiciones y su argentinidad a flor de piel en cada esquina: el nombre de sus calles ilustra el progresismo de la generación del 80 y su adoquinado guarda ecos de antiguos carruajes que descansan en el Museo Pampeano.

El aire familiar, entrador y picarón de los cincuentones que se saludan en cada esquina tiene su institución en El Reino de la Amistad: un chascarrillo que se transformó en fiesta de la ciudad, de la mano de los parroquianos de un viejo bar.

Chascomús, tierra fértil de la Pampa, guardó en su cálido humus la semilla de mi media naranja: así llegué un una tarde de sol, para hacer esas tres o cuatro cositas: la plaza, los museos, Alfonsín… y disfrutar de un atardecer peronista tomando mate en la Laguna.