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martes, 16 de septiembre de 2008

Merlo, por Duar

Durante muchos años la seguiremos llamando “La cerveza perfecta”.

El sol se iba con el día, para el oeste del valle de Conlara. Bajábamos por la empinada Avenida del Sol en bicicletas de alquiler que venían sin freno, sin cambios y sin horquilla. Para festejar el suceso de la no-muerte y el milagro del no-accidente, paramos en un bar que prometía un atardecer de antología. Más que un bar, parecía un concesionario de autos: una construcción moderna, de paredes de vidrio y columnas de acero que se elevaban varios metros por encima de nuestras cabezas; una bajada en escaleras hasta la calle y en cada descanso lo esencial: mesita, sillita y sombrillita de Quilmes. Nos dejamos vencer por la tentación y abandonamos la insana idea de bajar unos kilitos por una mucho más atractiva: aumentarlos.

Así fue como nos pusimos en manos del mozo-mago-dios que destapó el elixir con un movimiento de samurai y lo vertió en sendos vasos de tragos largos, escarchados e impolutos, sin derramar una gota, en las proporciones indicadas de espuma y líquido que lo hacían irresistible a la vista.

Coronó su actuación con un acto de vanidad: dos centímetros y medio de burbujeo para mí y unos palitos salados que eran una delicia.

La cerveza perfecta, y nada más que agregar.

martes, 1 de julio de 2008

City Bell, por Carlos*

Caen una gotas y el inconfundible olor a tierra mojada me trasporta, esté donde esté, a mi ciudad natal. No me la disfraces, ni me la dibujes; no es olor a ozono, es olor a lluvia y a tierra mojada. ¡Si estás igual! -dice la publi- y en mi memoria eso ocurre. Estás tan bella y agreste como siempre, aunque ya no tengas calles de tierra. Tan simple y única, aunque estés tan atestada de autos que decidieron darte un solo sentido de circulación. Tan tranquila y familiar, aunque por tu vía principal ya no circula más el micro para que los peatones puedan recorrer tus miles de comercios.

Y no me vengan con cuentos que todo te queda lejos, porque ahora todos van a vos para poner su sucursal top. Y ya sé, no está el viejo almacén, ni el kiosco de la esquina. Tampoco la vinería, y el banco cambió de dueño. Ya no estoy yo, no están ellos, no están las cosas que viven en los recuerdos de los que te conocimos antes, como estarán en los que te conocen ahora, dentro de unos años.

Bienvenidos a City Bell

*Carlos postea como invitado.