viernes, 11 de julio de 2008

Valcheta, por Natalia

Cacas de moscas dibujaban vías lácteas en la vidriera. En la del almacén adonde su padre comerciaba fiambres con un hombre panzón. El rebusque del viajante que sale de la capital a los pueblos los días sábados.

Llegado el momento, olfatearía la caja con galletitas sueltas bañadas en chocolate.
Era la esperanza de los viajes polvorientos entre olor a mortadela y gasoil.
En uno de esos, ella manejaría por primera vez. Y los registros dicen que no hubo alguna otra.
Ante la propuesta se animaría. Claro, no iba a ser cobarde ante el jefe. Pero cuando en la cabina tendría el control en sus manos... Presentiría las toscas bajo las ruedas y los cachetes de culos apretados al otro lado de la palanca...
Las respiraciones que ararían surcos en la tierra suspendida...
Todo dependió de sus manos. Y no quiso más.
Se fue para el costado aleteando por encima de otras seis piernas. Dicen que no tuvo que usar la sonrisa.
Asi fue que se conformó con lo que tenía más a mano.
Cerca del mediodía tocaba visitar al señor en camiseta que vendía las galletitas más ricas que todo.

A cuatro manos las dos.
Las gargantas atascadas por el picoteo.
Y en la vereda que el viento las alcanzaba por los pelos y les dejaba semillitas entierradas.
Sólo la grasa vacuna de aquella salsa marrón suavizaba. Claro, a veces. Cuando tocaba la parte de la galletita con el chorreón.

jueves, 10 de julio de 2008

Mar del Plata, por Juanito

Tengo la clave para disfrutar Mar del Plata: andarla a contramano.

Evitarla en enero y en lo posible no sondear el centro. Pasar los días respirando el infinito Bosque Peralta Ramos y asomarse a las playas del sur recién cuando anochece y presentan una cara renovada, siempre virgen otra vez.

Nada de casinos ni boliches ni centros comerciantes. Mate, reposera y lluvia. Silencios.

¡Atención! Los silencios de Mar del Plata se contentan de ser escuchados y susurran una ciudad surrealista sólo a los privilegiados que le escapan al barullo turístico. Conozco un médano fantasma donde sucede; también a pies de un pino en calle Atahualpa. Abundan esos pequeños templos, se encuentran con sólo intuir que existen.

miércoles, 9 de julio de 2008

El Volcán, por Duar.

Aquí no es.
Aquí tampoco.
Siga adelante.
No recibimos visitas.
Y no llamamos a nadie.

Así le dio la espalda Volcán al viajero, cuando mendigaba un techo. Nuestro héroe primero rió por los pintorescos carteles artesanales, tan coloridos, que se ubicaban en los portones de las todavía más pintorescas casas de Volcán. De tanto mirar al suelo y reír, y mirar al cielo y reír, aprehendió el paisaje: un cielo plomizo, pesado y gris, rozando la punta de cerros verdes de frondosa vegetación; todo enmarcado en una densa bruma, el barro pesado de las calles y el sonido del río chapoteando abajo.

Entonces golpeó las manos y le fue señalado un cartel: Acá menos. Su fe en la especie humana, de por si ínfima, dejó de existir. De porfiado nomás, casi enajenado ya, fue a lo seguro: se plantó en la puerta de una hostería, dispuesto a pelear por una habitación en ese pueblo de payasos crueles y jodidos. No hubo caso: delatado por su cabellera enmarañada y la mugre bajo las uñas sufrió un nuevo desaire: no había lugar para él.

Indignado con su suerte, viró 180 grados totalmente decidido a entregarle el corazón al siguiente pueblo que le abriera las puertas. No anduvo mucho hasta encontrarse.

lunes, 7 de julio de 2008

Santiago de Chile, por Eduardo Galeano*

Santiago de Chile muestra, como otras ciudades latinoamericanas, una imagen resplandeciente. A menos de un dólar por día, legiones de obreros le lustran la máscara.

En los barrios altos, se vive como en Miami, se vive en Miami, se miamiza la vida, ropa de plástico, comida de plástico, gente de plástico, mientras los vídeos y las computadoras se convierten en las perfectas contraseñas de la felicidad.

Pero cada vez son menos estos chilenos, y cada vez son más los otros chilenos, los subchilenos: la economía los maldice, la policía los corre y la cultura los niega.

Unos cuantos se hacen mendigos. Burlando las prohibiciones, se las arreglan para asomar bajo el semáforo rojo o en cualquier portal. Hay mendigos de todos los tamaños y colores, enteros y mutilados, sinceros y simulados: algunos en la deseperación total, caminando a la orilla de la locura, y otros luciendo caras retorcidas y manos tembleques por obra de mucho ensayo, profesionales admirables, verdaderos artistas del buen pedir.

En plena dictadura militar, el mejor de los mendigos chilenos era uno que conmovía diciendo:

—Soy civil.

*Eduardo Galeano postea como invitado.
"Crónica de la Ciudad de Santiago" es parte de "El libro de los Abrazos".

viernes, 4 de julio de 2008

San Fernando del Valle de Catamarca, por Duar

La fiesta entraba limpia y clara por el balcón del cuarto piso del Ancasti. Las narices pegadas al vidrio se resignaban a esconderse bajo el percal de 180 hilos de las sábanas del hotel.

Una agitada y por demás breve tarde los había paseado por todo lo que hay para ver en San Fernando del Valle de Catamarca y alrededores; la habían caminado al ras, al calor de la siesta: las calles angostas, los amplios portones y las vidrieras del centro. La habían visto de arriba, trepando por el Portezuelo, mientras el sol se escondía detrás de los Andes.

Ahora, que la podían disfrutar de verdad, la apretada agenda del viaje al Norte les imponía otra realidad. Y se les escapaba la gente y la fiesta en la plaza.

Pero llegaron los amigos en banda y gritaron, agitando los brazos desde la vereda.
Y mientras daban las doce, con el sol iluminando algún punto del Pacífico, descubrieron que la noche de Catamarca era demasiado joven para morir.

miércoles, 2 de julio de 2008

La Plata, por Natalia

Perderme me encanta, después de vos.

Conocí La Plata hace ocho años, meses antes de ingresar a la facultad.
En la tarde salí a caminar e inauguré mi forma de conocer la ciudad. Me perdí.
Encaré sin más para el Bosque...Y me dije:
-Siguiendo la numeración, me voy a guiar y voy a volver bien.

Pero allí la numeración desaparece. Las otras referencias también.
Y caminé. Caminé. Caminé.
Hasta que la luz por entre las ramas se anaranjó.
Me empecé a escurrir por entre los árboles.
Y salí tentando el Bosque por atrás. Rodeé el Hipódromo y de ahí por diagonal 80.

Sin saber que vivías cerca de donde pasé.
Y que después me perdería en vos.

Me perdí y no pregunté ¿por orgullo? No, porque me gustó.
Por eso alguna vez también me perdí de vos. Y siempre en vos.

martes, 1 de julio de 2008

City Bell, por Carlos*

Caen una gotas y el inconfundible olor a tierra mojada me trasporta, esté donde esté, a mi ciudad natal. No me la disfraces, ni me la dibujes; no es olor a ozono, es olor a lluvia y a tierra mojada. ¡Si estás igual! -dice la publi- y en mi memoria eso ocurre. Estás tan bella y agreste como siempre, aunque ya no tengas calles de tierra. Tan simple y única, aunque estés tan atestada de autos que decidieron darte un solo sentido de circulación. Tan tranquila y familiar, aunque por tu vía principal ya no circula más el micro para que los peatones puedan recorrer tus miles de comercios.

Y no me vengan con cuentos que todo te queda lejos, porque ahora todos van a vos para poner su sucursal top. Y ya sé, no está el viejo almacén, ni el kiosco de la esquina. Tampoco la vinería, y el banco cambió de dueño. Ya no estoy yo, no están ellos, no están las cosas que viven en los recuerdos de los que te conocimos antes, como estarán en los que te conocen ahora, dentro de unos años.

Bienvenidos a City Bell

*Carlos postea como invitado.